Día 3: Una solución de ingeniería de lo más elegante

Bill McKibben

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Es fundador de la campaña para luchar contra el cambio climático 350.org
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La agricultura de bajos insumos está lejos de ser primitiva. Requiere de destrezas altamente desarrolladas. No se compara con la industria formular en la que se ha convertido la agricultura “convencional”. En vez de seguir vertiendo petróleo sobre las plantas y rogar para que salgan, debemos adoptar una agricultura que requiere más atención, más vigilancia, y más conocimiento.

Por Bill McKibben

En el verano de 2012, una intensa sequía afectó la principal región productora de cereales de Estados Unidos, la región más fértil del mundo. Fue entonces cuando Rex Tillerson, director ejecutivo de Exxon, admitió por primera vez que el calentamiento global es una realidad. Pero según sus propias palabras, no hay que preocuparse, ya que “es un problema de ingeniería con soluciones de la propia ingeniería”. Presionado para explicar qué tipo de soluciones, dio un ejemplo: cambiar de lugar las “zonas de producción de cultivos” del planeta.

Creo que con “zonas de producción de cultivos” se refería a lo que el resto llamamos explotaciones agrícolas. Y por supuesto, cambiarlas de lugar no es una “solución de ingeniería”, si no una solución alucinatoria. No es posible desplazar Iowa hacia el norte, donde la tundra se está derritiendo rápidamente, a menos que se cuente con un plan para mover las decenas de metros que constituyen la capa superficial del suelo en Iowa.

“No es posible desplazar Iowa hacia el norte, donde la tundra se está derritiendo rápidamente.”

Por lo tanto, la pregunta debería ser si es posible desarrollar una solución basada en la ingeniería pero centrada en dejar de utilizar combustibles fósiles en la agricultura. Cuesta hasta plantearse la idea, ya que nos hemos convencido de que “producir suficientes alimentos para un mundo que no para de crecer” significa “grandes tractores”. Al menos, en lugares como Estados Unidos, nos hemos acostumbrado a la idea de que el suelo es ante todo una sustancia para sujetar las plantas y donde se vierte gasolina para hacerlas crecer.

Sin duda, sería de gran ayuda romper ese hábito, ya que la agricultura contribuye más que ninguna otra industria a la emisión de gases de efecto invernadero. Los agrónomos han dejado aterradoramente claro que un aumento todavía mayor de las temperaturas a escala mundial tendría un efecto devastador en el rendimiento de los cultivos, por lo que los agricultores se estarían haciendo un gran favor a sí mismos si empezaran a reducir su consumo de petróleo.

Pero, ¿es esto posible? Por ejemplo, en otoño de 2008, Sir David King, antiguo consejero científico principal del Gobierno de Reino Unido, culpó a las ONG occidentales de adoptar una “actitud anticientífica” que obstaculizaba una nueva “revolución verde” en África. Afirmó que la implantación de la agricultura biológica en todo el continente tendría “consecuencias devastadoras”. Una agricultura que necesite pocos insumos parece pasada de moda (y no contribuye a aumentar el precio de las acciones de las agroindustrias) pero sus cifras no hacen más que aumentar.

Como señalé en mi último libro, Eaarth, un mes después de la declaración de King, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente publicó un informe en el que indicaba que el rendimiento de los cultivos en África “era dos veces mayor o incluso más cuando se utilizaban prácticas biológicas o casi biológicas”. En África Oriental, las cosechas aumentaron un 128 por ciento. No sólo mejoraron las cosechas, sino que los suelos retenían agua y eran resistentes a las sequías. A su vez, “ahorrar dinero en fertilizantes y pesticidas ayuda a que los agricultores puedan permitirse mejores semillas”. Por supuesto, también hay casos en los que es posible sustituir los tractores que funcionan con combustibles fósiles por animales, que son más económicos y además proporcionan fertilizantes. 

“Es posible sustituir los tractores que funcionan con combustibles fósiles por animales, que son más económicos y además proporcionan fertilizantes.”

Algunas de las prácticas introducidas consistían simplemente en la utilización de métodos tradicionales agrícolas, mientras que otras se basaban en innovaciones occidentales, como por ejemplo los lechos de cavado doble. Henry Murage, un pequeño agricultor de las laderas occidentales del Monte Kenya, pasó cinco meses en Inglaterra haciendo estudios con expertos en una explotación agrícola de las Midlands. Cuando regresó a África, convenció a 300 de sus vecinos para que adoptaran al menos algunas de sus prácticas —durante la última y devastadora sequía en la zona, fueron precisamente los que mejor se enfrentaron a ella—. En un principio supone más trabajo (cualquiera que haya cavado lechos dobles todavía podrá recordar el dolor de espalda), pero según afirma, una vez que se haya terminado el trabajo “ya está casi todo hecho para los próximos dos o tres años”.

Jules Pretty informa de que en una revisión efectuada sobre la agricultura biológica kenyata en 26 comunidades, tres cuartas partes de las familias participantes ya no padecían hambre a lo largo del año, y la proporción de familias que tenían que comprar verduras pasó de un 85 a un 11 por ciento.  A su vez cuenta el caso de Joyce Odari, cuyos 12 lechos de suelo elevado son tan productivos que emplea a cuatro jóvenes de la aldea para que se ocupen de ellos. Joyce afirma que “ahora es el dinero el que viene a mí”.

Uno de los problemas que tiene la ahora denominada agricultura convencional (de hecho, es solo convencional respecto al último medio siglo,  ya que constituye un cambio radical en relación a los 10.000 años que la preceden) es que produce una degradación constante del suelo al convertirlo en una matriz para contener fertilizantes derivados del petróleo. Por el contrario, los sistemas de bajos insumos mejoran con el tiempo, en parte gracias a que el suelo se enriquece pero también porque los agricultores dejan de seguir el consejo de las empresas químicas en cuanto a la rotación de cultivos y empiezan a prestar atención a sus campos de cultivo. 

En Malawi, por ejemplo, en la década de 1990, diminutos viveros piscícolas que utilizan los residuos agrícolas producían en un principio una media de 800 kilogramos de pescado. Cinco años después, esta cifra alcanzó los 1.500 kilogramos. En vez de agotarse, como ha sucedido con nuestros suelos gestionados industrialmente, estas explotaciones han aumentado su producción.

“Los agricultores hablan entre sí, y las nuevas ideas se propagan rápidamente.”

Como es lógico, los agricultores hablan entre sí, y las nuevas ideas se propagan rápidamente. En Madagascar, los cultivadores de arroz trabajaron con expertos europeos para encontrar maneras de aumentar el rendimiento de la producción. Trasplantaron los plantones varias semanas antes de lo habitual, los espaciaron más y mantuvieron los arrozales sin inundar durante la mayor parte de la temporada de cultivo. Esto conllevó que tuvieran que desherbar más, pero a cambio el rendimiento pasó a ser de cuatro a seis veces superior. Como escribió Jules Pretty, “el número de agricultores que lo utilizan es la prueba de que funciona: unos 20.000 aproximadamente” han adoptado el sistema por completo, mientras que 100.000 más están experimentando con él. Y ya se ha corrido la voz a China, Indonesia, Filipinas, Nepal, Costa de Marfil, Sri Lanka y Bangladesh.

Algunos de estos avances provienen de los propios agricultores, que hacen correr la voz, mientras que otros se deben a que los sistemas convencionales  se vuelven demasiado caros o poco fiables para que los agricultores puedan utilizarlos. Creo que si pudieran elegir, muchos agricultores apostarían por un futuro caracterizado por una baja utilización de insumos. Pero rara vez podemos elegir: las agroindustrias, a través del poder político que ostentan, se aseguran de que la balanza agrícola se incline hacia la utilización de más carburante. Por ello, desafortunadamente no basta con que los agricultores hagan lo correcto en las tierras que cultivan; como siempre, una parte del trabajo consiste en unificarse en movimientos que pidan cambios en las políticas gubernamentales con el objetivo de favorecer una agricultura responsable.

“Una agricultura sin combustibles fósiles no es en absoluto primitiva ni constituye un paso atrás.”

Un elemento importante de esta transición consiste en recordar a los demás –y a nosotros mismos– que una agricultura sin combustibles fósiles no es en absoluto primitiva ni constituye un paso atrás. De hecho, es precisamente la apuesta por los combustibles fósiles lo que ha convertido a la agricultura en una fórmula industrial y no en un trabajo artesanal especializado. Una agricultura sin petróleo requiere más atención, más vigilancia y más conocimientos. En cierto sentido –aunque en absoluto en el sentido al que se refería el director ejecutivo de Exxon–, se trata de la definitiva y elegante “solución basada en la ingeniería”. 

Lee el ensayo: Una solución de ingeniería de lo más elegante