Una mano una mujer regando su parcela con cebolla
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Día 4: La eficiencia energética puede aumentar la seguridad alimentaria

12 Diciembre, 2012 | El futuro de la agricultura

Se debe reivindicar activamente la agricultura que consume menos combustibles fósiles. Combustibles renovables, la reduccion de derroches y pérdidas, y la energía en base a productos agrícolas secundarios, son todas soluciones que permitirían incrementar el abastecimiento de alimentos y abordar el cambio climático al mismo tiempo.

Por José Graziano da Silva, director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)

Los mercados agrícolas y energéticos están estrechamente interrelacionados. El vínculo que les une que se ha ido fortaleciendo con el tiempo a medida que la producción agrícola ha aumentado a través de la mecanización, la fertilización y la mayor actividad comercial. En todo el mundo, la cadena agroalimentaria utiliza el 30 por ciento de la energía mundial disponible, con el 70 por ciento de dicho uso ocurre después de la fase de producción.

“En todo el mundo, la cadena agroalimentaria utiliza el 30 por ciento de la energía mundial disponible.”

En las explotaciones agrícolas, los combustibles fósiles contribuyen en gran medida a los insumos tanto de forma directa mediante el suministro de combustible a tractores y equipamiento agrícola y para el secado del grano, como de manera indirecta en calidad de fertilizantes inorgánicos, y para la generación de energía eléctrica utilizada para el funcionamiento de los sistemas de irrigación y otros equipos agrícolas. Ya fuera de las fincas, los combustibles fósiles se utilizan de modo intensivo para el transporte de productos agrícolas y para el procesamiento de alimentos. El transporte de productos básicos aumenta a la par del crecimiento de la  urbanización y el comercio internacional. 

Actualmente, la abundancia, la diversidad y la capacidad de resistencia del suministro mundial de alimentos dependen peligrosamente de los insumos energéticos a lo largo de toda la cadena de producción y llegando hasta la mesa del consumidor. En consecuencia, resultaría virtualmente imposible que el sector agrícola eliminase por completo el uso de los combustibles fósiles sin provocar reducciones drásticas de la disponibilidad y asequibilidad de los alimentos, y/o aumentos drásticos de las zonas cultivadas, con el  incremento consiguiente de las emisiones de gases de efecto invernadero.

No obstante, el aumento de los costos energéticos y las preocupaciones sobre los impactos medioambientales significan que el incremento de la eficiencia energética de la producción agrícola podría aportar beneficios a los productores y los consumidores tanto del sector agrícola como energético. A su vez, el crecimiento de la capacidad de la agricultura para proporcionar servicios energéticos, en particular el uso de los residuos de las cosechas y otros productos derivados de la producción de alimentos, podría igualmente beneficiar a ambos sectores. Los beneficios de utilizar cultivos alimentarios directamente en la producción de biocombustibles son menos evidentes y suponen una amenaza potencial para los consumidores de alimentos más vulnerables. 

La mayor parte del incremento del 60 por ciento de la producción alimentaria que se necesitará para alimentar a toda la población mundial en 2050 tendrá que provenir de la intensificación agrícola. El incremento de las necesidades energéticas para la producción de alimentos y la gran dependencia de la agricultura respecto de los combustibles fósiles son motivo de preocupación en lo que respecta a la sostenibilidad, la seguridad alimentaria y el cambio climático. Los precios de la energía están relacionados con el aumento de los precios de los alimentos y por ello las subidas de los precios del petróleo representan una preocupación directa para la seguridad alimentaria y la volatilidad de los precios de los alimentos.

“Las subidas de los precios del petróleo representan una preocupación directa para la seguridad alimentaria y la volatilidad de los precios de los alimentos.”

Se prevé que la demanda total de energía crezca en un 33 por ciento en el periodo 2008-2035 y que una proporción significativa de dicho aumento provenga de los países en desarrollo. Con las políticas actuales, se estima que los combustibles fósiles cubran el 81 por ciento del crecimiento de la demanda energética de las próximas décadas. Sin embargo, se calcula que los suministros disponibles de petróleo conlleven costos de extracción más altos, una mayor volatilidad del mercado e impactos medioambientales más acuciados. Los precios más elevados del petróleo provocan directa e indirectamente unos mayores costos de producción para los agricultores, que eventualmente son transferidos a los consumidores.

La producción de alimentos básicos y la cadena de suministro de alimentos, incluyendo los gases emitidos por los desechos de los alimentos en los vertederos, contribuyen en aproximadamente un 22 por ciento  a las emisiones anuales totales de gases de efecto invernadero. Un 15 por ciento adicional proviene de los cambios en el uso del suelo, en especial los cambios vinculados a la deforestación causada por la expansión de la superficie agrícola. 

“La producción actual de alimentos y las pautas de utilización de la energía se revelan insostenibles si pretendemos lograr las metas vinculadas al cambio climático.”

La energía resulta esencial para la seguridad alimentaria y el desarrollo, pero la producción actual de alimentos y las pautas de utilización de la energía se revelan insostenibles si pretendemos lograr las metas vinculadas al cambio climático. La transición hacia un uso más reducido y racional de los combustibles fósiles en la cadena de producción agrícola proporciona varias oportunidades para mejorar los ingresos de los productores y por consiguiente la seguridad alimentaria, al tiempo que se reducen las emisiones de gases de efecto invernadero y se mejoran los medios de vida rurales. 

Eficiencia Energética
Aunque el uso de la energía por unidad de producción del sector agrícola se haya reducido de manera constante en las últimas décadas, las nuevas mejoras de la eficiencia pueden beneficiar a los productores, que tendrán costos más bajos, y a los consumidores, que verán esta mejora traducida en precios más bajos. La utilización de combustibles fósiles puede disminuir como resultado directo de los cambios en las prácticas de cultivo, que no solo disminuyen el consumo energético, sino también las emisiones de gases de efecto invernadero al capturar el carbono en el suelo. Asimismo, podrían reducir las pérdidas de cosechas derivadas de los episodios de sequía. 

Otros beneficios directos de la eficiencia energética serían la disminución de las pérdidas en las cosechas, el transporte y el procesamiento a lo largo de toda la cadena de suministro así como una utilización más racional de los alimentos mediante un menor desperdicio de estos por parte de los consumidores. Esto se traduce en un aumento de los suministros de alimentos disponibles y una reducción del terreno de cultivo necesario para satisfacer la demanda. 

Diversificación de la energía gracias a la energía renovable
La diversificación del consumo energético que practica el sector agrícola, mediante la producción de energía renovable originada en este mismo sector, también puede presentar un gran abanico de beneficios. La producción eficiente de energía renovable en las explotaciones y por parte del sector agrícola en general pueden reducir los costos así como los riesgos a shocks de precios del sector energético. 

La producción de biocombustibles líquidos, por ejemplo, tiene el potencial de mejorar los ingresos de los productores y los vendedores netos de productos básicos agrícolas. Sin embargo, estos suelen ser productores más grandes y ricos, mientras que los productores más vulnerables son a menudo los que asumen los riesgos en materia de precios. Hasta la fecha, la producción ha dependido en gran medida de la intervención normativa y es preciso prestar atención a la coordinación de objetivos vinculados a la energía y a la seguridad alimentaria. 

“Es preciso prestar atención a la coordinación de objetivos vinculados a la energía y a la seguridad alimentaria.”

Si bien es necesario actuar con cautela al utilizar productos alimentarios para la generación de energía, el uso de algunos productos agrícolas para este fin —tales como los residuos de las cosechas, los residuos forestales, el biogás, la biomasa maderera y los cultivos energéticos de un sistema de cultivos múltiples— amplía las opciones para que los productores puedan estabilizar sus ingresos agrícolas. La producción de energía renovable también puede ayudar a mitigar los efectos negativos de la volatilidad de los mercados de combustibles fósiles.  

El acceso a la energía y la seguridad alimentaria mediante la producción integrada de energía y alimentos
Tal y como se menciona anteriormente, el uso de derivados de la producción agrícola/alimentaria, por ejemplo residuos de las cosechas como la paja del trigo, la cáscara del arroz o el rastrojo del maíz, puede reforzar la seguridad alimentaria y los ingresos agrícolas mediante la mejora de los ingresos de la producción, la incorporación de una nueva fuente de ingresos, y el aumento de los rendimientos de los cultivos, al tiempo que puede llegar a reducir el consumo de combustibles fósiles del mercado energético. 

Es vital identificar tecnologías potenciales para la producción energética que además resulten económicamente viables a fin de garantizar la sostenibilidad del sistema. Las innovaciones que incrementan la eficiencia de la producción energética en las explotaciones pueden reducir los desembolsos de efectivo y las necesidades de mano de obra. Igualmente, pueden mejorar el acceso a la energía para las familias agrícolas y la comunidad rural en su conjunto, estrechando la brecha entre la demanda y el acceso a la energía en los países en desarrollo. 

Una cadena de producción agrícola menos dependiente de los combustibles fósiles generaría un extenso abanico de beneficios para el sector y contribuiría a la mitigación del cambio climático. A pesar de que no es factible abandonar por completo el uso de combustibles fósiles en las cadenas de valor y de producción agrícolas a escala mundial, deberían reivindicarse, donde sea posible, las prácticas siguientes: un uso más eficiente de la energía, reducción del consumo de combustibles fósiles y su desplazamiento parcial en beneficio de las energías renovables del sector agrícola, todo ello a través de procesos que mejoren, en lugar de poner en peligro, la seguridad alimentaria.

Lee el ensayo: La eficiencia energética puede aumentar la seguridad alimentaria

Comentarios

La agricultura y la energía están muy entrelazadas

Los tres ensayos de ayer respecto al rol de los combustibles fósiles en la agricultura generaron respuestas y reflexiones que, entre otros temas, discutían los méritos del reciclaje de nutrientes y si tiene sentido buscar un abordaje único para incrementar los rendimientos agrícolas. Hoy, el debate sobre la agricultura y la energía continúa.

 

Da Silva y Rengam muestran que reducir la dependencia de la agricultura en los combustibles fósiles tendrá beneficios globales para el clima, así como beneficios locales para los agricultores, las comunidades, y la diversidad biológica. Pero, ¿el nulo uso de combustibles fósiles es un desafío técnico muy distante, o son los principales retos más bien de naturaleza política y social?

 

No es tan fácil

Hay problemas, como dice Umberto Eco, que tienen que arreglarse demostrando que no tienen solución. Esta ecuación de más necesidad de alimentos a la vez que disminuir el consumo de energía no la tiene. Y no la tiene porque las explotaciones más intensivas energéticamente son también mucho más competitivas (comparando el rendimiento por finca, no por hectárea, como erróneamente se hace). Es por eso que el agronegocio avasalla a la pequeña producción, generalmente menos intensiva en energía.

La solución puede ir por cobrar las externalidades negativas (es decir, cobrarles al agronegocio el exceso de energía que utilizan) y pasárselo en forma de subsidios a la pequeña agricultura que sea más productiva, además de ser menos intensiva en energía. Esto no ocurrirá de forma natural: lo que ocurre de forma natural es que la pequeña agricultura desaparece porque no es competitiva. Sólo hay que fijarse en Paraguay, Perú o Bolivia.

Y es poco probable poder reducir el consumo energético agrícola, no va a ocurrir. Lo que hay que plantear a la sociedad es elegir entre energía para la agricultura o para aire acondicionado y vehículos privados, es decir, entre necesidad (comer) y lujo (estar fresco y pasear). Pretender disminuir el consumo en un sistema alimentario que funciona tan al límite de sus posibilidades es iluso. Es cierto que se puede contribuir a parte de la producción de energía desde la agricultura. Pero a medida que nos acercamos a 2050 y a los 9.000 millones, la agricultura funcionará cada vez más al límite y los ahorros conseguidos mediante la utilización de subproductos para energía serán mínimos: lo gastaremos todo en reponer la fertilidad y regar para compensar el cambio climático.

Desafío pasa por politicas públicas

Es evidente que la relación seguridad alimentaria y eficiencia energética, pasando por el cambio climático, es una síntesis difícil. Particularmente pienso que será difícil poder dar una respuesta satisfactoria que no pase por politicas publicas coherentes en cada país y-o región.

Siendo un mal planetario una parte importante de las respeustas de deben buscar en los terriorios concretos. Muchos paísesricos en recursos naturales pero muy depenmdientes de los combustibles fósiles, como es el caso de Republica Dominicana, aunque se han hecho esfuerzos para dar respuestas para garantizar la seguridad aliementaria, proveer de energía a la población y las industrias y mitigar los efectos del cambio climático, las respuestas han sido poco articuladas por quienes tienen a cargo la implementación de esas políticas y programas.

Cobrar las externalidades negativas es un buen comienzo. Devolver parte de los dividendos generados por los recursos generados por el uso de recursos no renovables, como el agua,  bajo el concepto de pago por servicios ambientales es otra vía posible.  Los recursos obtenidos por estos conceptos pueden ser dirigidos a apoyar a las comunidades rurales con inversión en servicios sociales, tecnología apropiada para apoyar a los pequeños y a productores a pequeña y mediana escala apoyándo el cambio de prácticas agrícolas.

 

Debemos apostar a la agricultura familiar y campesina

El mundo tendrá que producir cerca de 40% más en 2030 para atender al aumento de la demanda de alimentos. De acuerdo con el Sr. Graziano este incremento tendrá que venir de la intensificación de la agricultura y el desafío será ¿Cómo garantizar la seguridad alimentaria y reducir la dependencia a los combustibles fósiles, sin que esto provoque reducciones en la disponibilidad de alimentos y volatilidad en los precios de los alimentos?.  Mientras que la eficiencia energética puede funcionar para las grandes explotaciones, que tienen modelos de agricultura intensivas y se enfocan en la mitigación al cambio climático y a desarrollar mecanismos de producción limpia; en el Sur el reto es de cómo adaptamos la agricultura familiar y campesina para enfrentar los efectos del cambio climático. En esto hay una responsabilidad impostergable de los países desarrollados que financien el costo de la adaptación al cambio climático. Estos recursos podrían apoyar a los pequeños productores y productoras a estar mejor preparados para gestionar el riesgos derivados del cambio climático, a proteger sus inversiones con seguros agrícolas y a tener acceso a tecnologías y servicios de apoyo a la agricultura familiar que les permita potenciar la producción de alimentos y mejorar sus ingresos. Los pequeños productores de la agricultura familiar y campesina están implementando técnicas de producción sostenibles, obteniendo resultados importantes para garantizar la seguridad alimentaria de sus familias y comunidades, y esto con limitado acceso a recursos productivos  y compitiendo con otros productos en desventaja en los mercados nacionales y globales. Esto podría ser diferente si se implementan mecanismos de financiamiento basados en principios de quién contamina paga, o cobrando las externalidades negativas como propone Gabriel, eliminando los subsidios que pagan los países industrializados para proteger su agroindustria  ó subsidiando la agricultura familiar y campesina por los servicios que presta al medio ambiente y a la seguridad alimentaria. Esto requiere de políticas públicas acordes a los contextos nacionales pero tambien requiere de que a nivel global se logren acuerdos políticos y compromisos como el del financiamiento para la adaptación al cambio climático.

Valoremos la mano de obra

 

Si extrapolamos esta propuesta al consumo mundial de energía, las conclusiones y recomendaciones serían muy similares. Ser más eficientes, buscar energías alternativas y a menor costo para el usuario final.

El problema es que la demanda crece de manera acelerada, mayor a las soluciones que se van proponiendo, y si al final siempre llagamos a un estado límite. Nuestros televisores usan menos energía que hace un año, más aún si lo comparamos con los de hace diez años, pero tenemos más televisores prendidos que el año anterior y que hace diez años.

Que se paguen nomás mejores salarios, que se mejoren las condiciones de vida en el campo. Que se deje de subvencionar el combustible y el uso desmedido de energía, sea cual fuera su origen. Que vuelva a tener sentido la mano de obra en el costo de los alimentos, que los agricultores familiares y campesinos se beneficien de los ascendentes precios de los alimentos  y por ahí nos esforzamos para encontrar una alternativa beneficiosa para este nuestro mundo y especialmente para los pobres.

Echarle números...

Gracias a todos por sus comentarios!

Como podemos extraer de sus intervenciones, parece que para resolver muchos de los problemas y desequilibrios en la agricultura necesitamos valorar mejor las cosas, o más bien dicho, valuar mejor las cosas. Suena razonable ya que la mayoría de los negocios de este mundo no pueden funcionar sino de esa manera. ¿Por qué la agricultura tendría que ser una excepción? Entre muchas otras cosas, debemos valuar correctamente la mano de obra, el costo de insumos, y los daños que generamos, y meterlos a nuestra ecuación de costos y beneficios. Con esa visión posiblemente resulte más claro ver qué cambios deberán hacerse en el sistema para hacerlo más eficiente y sostenible. ¿Será posible encontrar la forma de reducir los costos que no son deseables (ni aceptables) en la construcción de nuestro futuro, y de potenciar los beneficios que sí necesitamos para los tiempos venideros? ¿Es factible que los sistemas convencionales sobrevivan si valuamos mejor las cosas?

Apoyar la agricultura familiar y campesinas

Los mercados agrícolas y energéticos están estrechamente interrelacionados en el modelo más “occidental o desarrollado” que hemos creado y que la mayor parte de los gobiernos siguen apoyando con la “revolución verde” en beneficios de pocos, que no son los que alimentan al planeta, sino a sí mismos.

El planeta lo alimenta (¿hasta cuándo?) la agricultura familiar y campesina, donde en la mayor parte de los países del sur del mundo, esta relación se hace más débil. La mayor parte de estos agricultores no utilizan mucha energía fósiles sino la energía humana y animal y no llevan muy lejos sus productos. Además está ampliamente demonstrado que la agricultura orgánica y la agroecología mantiene productividad más alta que la agricultura convencional o de la “revolución verde”.

El concepto que expresa Graziano es justo, asi como sin duda hay que explorar todas las fuentes energeticas alternativas y la eficiencia de estas en la cadena, sin embargo deberíamos ir más allá, deberíamos osar más, ya que el problema de los precios de los alimentos y de la seguridad alimentaria no es tanto un problema energetico, es más políticos y economico de quien controla los precios de los combustibles y alimentos en la bolsa de valor.

Apoyar la agricultura familiar y campesinas para reducir las necesiades energeticas y alimentar el planeta no es una utopía, lo que los campesinos necesitan no es mucha más energía de la que disponen, sino el acceso a los recursos naturales, tierra y agua (bienes raros y siempre más privatizados), la posibilidad de mantener sus propia semillas (en peligro de extinción por causa de semillas patentatas), y el acceso a los mercados a condiciones de precios más justas. En este sentido fomentar la Soberanía Alimentaria es uno de los caminos viables, siempre y cuando sean el ser humano y la naturaleza al centro de las políticas públicas. El regreso a la agroecología (integrada con los conocimientos científicos moderno), donde la naturaleza se encarga de darnos lo que ahora tenemos que comprar en una tienda, es otro camino viable. Promover un cambio del modelo producción – consumo, fomentando lo que se llama el consumo a KM 0 (limitando el transporto a los bienes necesarios que no se pueden producir en el lugar), potenciando los mercados locales y barriales en lugar de los Centros Comerciales y así podríamos contar muchas historias bien conocidas a todos y, en muchos casos, bien ocultadas. ¿Porqué deberíamos producir biocombustibles desde los productos alimentarios, cuando existen, desde muchos años, motores solares, a agua, a hidrogeno etc.?

Además este proceso conllevaria una serie de beneficios adicionales, como la disminución de la migración desde lo rural hacia la ciudad, garantizaría un trabajo digno a muchos de los que ahora están desempleados y ayudaría en la conservación del medio ambiente, reduciendo el impacto del cambio climático.

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