Día 5: Privado vs. Comunitario: Una visión desde los Andes peruanos

Alexis Nicolás Ibáñez Blancas

Blog mensaje por Alexis Nicolás Ibáñez Blancas

Investigador del Centro de Investigaciones de Zonas Áridas
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La agricultura indígena podría convertirse en el motor para conservar la biodiversidad, promover el conocimiento ancestral crucial para adaptarse al cambio climático y construir modelos alternativos de desarrollo basados en los mercados locales. Es decir, si las comunidades pueden mantener a raya a los compañías mineras que acaparan el agua.

Par Alexis Nicolás Ibáñez Blancas, investigador, Universidad Nacional Agraria La Molina

El presente ensayo tiene como objeto el análisis de la pequeña agricultura de la zona de los Andesdel sur de Perú, donde la pequeña agricultura gestionada desde las comunidades campesinas (CC), ha estado viviendo tres procesos cuyo hito desencadenante fue la reforma agraria de inicios de los años 70. El primero estuvo ligado a una mayor participación de la población rural, quechua y aimara, en el contexto de cambio del país, cuya apuesta estaba marcada desde la gestión del territorio. No sólo se consideraba la gestión de la tierra, particularmente del suelo agrícola, sino también del resto de elementos como las praderas, el agua, los bosques, su cosmovisión, y los demás componentes de su agroecosistema. Esta visión se concretó en la Constitución de 1979, después de varios años de luchas de las organizaciones campesinas e indígenas. En ella se hablaba de que las CC eran “autónomas” respecto del uso de las tierras. Asimismo se señalaba que las tierras de las CC eran “…inembargables e imprescriptibles. También son inalienables…”. 

“La Constitución de 1920 reconoció a las comunidades indígenas como sujeto colectivo.”

Este proceso venía gestándose desde mediados de los años 20. La Constitución de 1920 reconoció a las comunidades indígenas como sujeto colectivo, y luego la reforma agraria reconoció la diversidad cultural indígena y se consagró el respeto de algunos derechos colectivos específicos, como los idiomas ancestrales, derecho a tierras y recursos naturales, e incluso a la justicia consuetudinaria. Esto marcó la agenda de la pequeña agricultura en función de tres aspectos: reconocimiento de los ecosistemas del territorio comunal como capital, la oferta de servicios de los ecosistemas del territorio, y el derecho sobre el agua.

Un segundo proceso fue el de la apuesta por integrarse al mercado, impulsada principalmente por actores externos a la comunidad y en un contexto de crisis generalizada del país en los años 90, que suponía que los pequeños productores necesitaban romper su autarquía para generar relaciones con el mercado. Se concebía el sistema productivo como una apuesta de pequeñas empreses que requerían articularse al mercado. La agenda política derivada de esta concepción se basó en una serie de reivindicaciones y demandas respecto a cinco aspectos: mayor inversión en tecnología, crédito, educación tecnológica, asistencia técnica especializada, y comercialización asociativa.

El tercer proceso viene desde la compresión del buen vivir, donde las nociones de crecimiento y de mercado se relativizan frente a una apuesta por vivir en armonía con la Madre Tierra. Su mayor exponente ha sido la Cumbre de los Derechos de la Madre Tierra en el año 2010. Esta visión supone la ruptura con el modelo de desarrollo basado en el crecimiento productivo y la acumulación, hacia una visión de equilibrio entre el ser humano y los otros actores del mundo. Por ende se da el reconocimiento de una serie de formas de ver el mundo, basada en la diversidad, el valor de los saberes ancestrales y su especificidad, así como el reconocimiento de la tierra como un sujeto de derechos y elemento clave de la vida.

“Se da el reconocimiento de una serie de formas de ver el mundo, basada en la diversidad.”

En función a estos tres procesos es que el futuro de la agricultura campesina enfrentará tres grandes impulsores de cambio: 

i) la expansión de la actividad minera en detrimento de los terrenos de pastoreo y en algunos casos de las parcelas de cultivo complementario en las partes altas; ii) el cambio del clima, que incidirá sobre todo en la flora y la fauna en las mesetas de los Andes y el ecosistema Puna, que bien puede llegar a ser más desérticoiii) enormes conflictos por el agua, en un contexto de pérdida a su acceso como derecho humano y con mayores niveles de participación privada en la gestión del agua, a través de proyectos de inversión con grandes represas, la pérdida de los humedales y el éxodo de las familias ligadas sobre todo a la crianza alpaquera.

Esto configurará, por un lado, procesos de afirmación de las diferentes identidades culturales, como es el caso del proyecto de nación aimara en el altiplano de Puno, o el de nación chanka en Andahuaylas; y por otro lado, tenderá puentes cada más sólidos para lograr el “dialogo de saberes”, Iskay Yachay en quechua y Paya Yatiwi en aimara, permitiendo enfrentar los principales problemas ligados a la pérdida de los servicios de los ecosistemas, contribuyendo a una gestión sostenible de los Andes, y a la práctica de una agricultura de pequeña escala que seguirá aportando conocimientos.

“El papel de la pequeña agricultura dentro del modelo de desarrollo imperante entraría en conflicto con la gran inversión.”

Tomando como base estos aspectos, la pequeña agricultura en la zona surandina se iría relegando en un futuro cercano a un nivel de actividad de subsistencia, con el empobrecimiento de la población quechua y aimara, y enfocada fundamentalmente a la provisión de alimentos para las ciudades intermedias, debido al desplazamiento de la población rural hacia estas ciudades. Su rol dentro del modelo de desarrollo imperante entraría en conflicto con la gran inversión y el acceso al agua. No obstante, si los movimientos sociales de afirmación cultural logran consolidar su agenda, la pequeña agricultura campesina se convertiría en un motor de la conservación de la diversidad biológica, en un poderoso elemento cohesionador para la réplica de los saberes ancestrales, en un banco de experiencias para la adaptación a la crisis global y en una alternativa al modelo de desarrollo actual.

En virtud a ello es posible vislumbrar 03 escenarios:

Escenario 1. Un espacio agrario altamente privatizado, con enormes extensiones dominadas por las actividades mineras, y conflictos con las poblaciones campesinas, grandes obras de infraestructura de almacenamiento de agua de gestión privada, y pérdida de los bofedales y los servicios de los ecosistemas de páramos y punas. Así mismo, se observaría un contexto con una enorme fragmentación social y conflictos entre las ciudades y las poblaciones rurales. Si bien se lograría generar un mayor confort en las ciudades, a través de las inversiones, las diferencias entre la población con mayores niveles de ingreso, las poblaciones periurbanas y las comunidades se acrecentaría. Se observaría un envejecimiento de la población rural y un mayor despoblamiento de la misma. En este caso, el rol de la pequeña agricultura es limitado debido a la restricción al acceso a los servicios de los ecosistemas. Su función sería fundamentalmente de subsistencia y las poblaciones ancestrales ligadas a ella serían excluidas de los procesos de desarrollo.

Escenario 2. El espacio agrario fracturado donde la población rural se mantiene en conflicto con las actividades mineras y las iniciativas de control del agua, donde la falta de alianzas con las ciudades generaría un impacto elevado del cambio del clima y la pérdida de la diversidad de los ecosistemas. Las ciudades y las comunidades se articularían sólo a través del comercio. Las ciudades alcanzarían mayores niveles tecnológicos y la automatización de sus principales actividades y medios de vida. Para reducir los conflictos se llevarían a cabo algunas estrategias similares al pago por servicios ambientales o tasas de transferencia de recursos monetarios a las poblaciones rurales. En este escenario el rol de la pequeña agricultura es de provisión de alimentos para las ciudades intermedias. Las poblaciones locales se mantienen en situaciones de pobreza y dependientes de las transferencias de recursos desde los programas públicos, limitado su rol en la conservación de la diversidad y brindan iniciativas aisladas de adaptación a la crisis ambiental global.

“El diálogo de saberes permitiría superar las tensiones entre la cultura occidental y los derechos de la Madre Tierra.”

Escenario 3. Un espacio mucho más diverso culturalmente, con naciones ancestrales afirmadas y que gestionan espacios de escala local, articulados unos y otros a través de las ciudades intermedias como el Cusco, Juliaca y Huamanga. Una producción también de escala local en las partes bajas y que se articularía a la ganadería alpaquera y de rebaños mixtos, cuya producción se articularía al ciclo hidrológico y permitiría enfrentar el cambio del clima. Se reducirían las actividades de carácter netamente privado. El diálogo de saberes permitiría superar las tensiones entre la cultura occidental y su modelo de desarrollo, frente a las cosmovisiones locales y los derechos de la Madre Tierra. La pequeña agricultura aportaría elementos para un modelo de desarrollo alternativo, potenciando la conservación de la diversidad, aportando estrategias y experiencias para la adaptación a la crisis ambiental global, generando nuevas rutas de conocimiento desde los saberes ancestrales y el diálogo de saberes y se convertiría en una actividad rentable que permite la sostenibilidad de las familias y sus opciones de desarrollo.

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