Las familias campesinas que han vendido sus tierras no tienen otra alternativa que trabajar en las plantaciones de palma.
Las familias campesinas que han vendido sus tierras no tienen otra alternativa que trabajar en las plantaciones de palma. Autor: Pablo Tosco/Oxfam

Los rostros de los que sufren el acaparamiento de tierras

12 Febrero, 2013 | CRECE

Hace cinco meses viajé con Oxfam a Guatemala para recoger el testimonio de hombres y mujeres que hubieran sufrido casos de acaparamiento de sus tierras. El objetivo era poner rostro a este fenómeno que, año tras año, devastadoramente, deja a millones de individuos sin su principal medio de vida. Escuchar sus historias fue demoledor, un ejemplo más de que la historia se repite y de que sus víctimas siguen siendo las mismas, las personas más vulnerables. En este caso, las comunidades q’eqchíes que viven en el norte de Guatemala, uno de los 22 pueblos indígenas olvidados por un Gobierno que asegura, sin complejos, que el porcentaje de indígenas en el país centroamericano es del 40%.

"Se aprovecharon de nuestra ignorancia"

Las personas que entrevisté me contaron que les habían engañado para que vendieran sus tierras. Recuerdo especialmente el relato de una mujer. En su pueblo habían convocado una reunión y les habían comunicado que iban a construir una presa en la zona y que todo el pueblo acabaría bajo el agua. La gente pensó que era mejor vender a un precio irrisorio, que quedarse sin nada. “Se aprovecharon de nuestra ignorancia”, asumía sin perder un ápice de dignidad. Y así fue. Cuando se hubieron gastado todo el dinero recibido por la venta de su parcela (en apenas un año) se dieron cuenta del error que habían cometido. Sin tierra, se habían quedado sin nada. No tenían donde cultivar su comida, ni podían obtener ingresos extra para pagar al médico o enviar a los hijos a la escuela. “Antes éramos ricos, y ahora somos pobres”, resumía. Una frase que, en boca de una persona que firma con el dedo pulgar, que no tiene acceso al agua potable y que vive con toda su familia bajo un techo de zinc por el que se cuela el viento y la lluvia, demuestra el incalculable valor de ser propietario de tierra, sinónimo de riqueza. De futuro.

En esa zona de Guatemala, las empresas que están comprando tierras cultivan palma africana. Una planta que ha ido ocupando el paisaje, sin que se den cuenta los turistas que van a ver ruinas mayas, y con cuyo aceite se elaboran todas esas margarinas, galletas y detergentes que nos apabullan cuando entramos en el supermercado. También sirve para producir agrocombustibles, la llamada gasolina “verde” que, según nos dicen, nos hará menos dependientes de los combustibles fósiles (sea al precio que sea). En otras zonas del país, como en Polochic, son las empresas que producen caña de azúcar (con la que también se fabrican agrocombustibles) las que están acaparando hectáreas y más hectáreas de tierras.

Dependencia forzada

Las familias campesinas que han vendido su fuente de sustento no tienen otra alternativa que trabajar en las plantaciones de palma que han invadido literalmente todo lo que alcanza su vista. Han pasado de ser autosuficientes a ser dependientes de estas empresas, y sujetos a unas condiciones laborales lamentables, que nos trasladan a épocas remotas (o no tanto). Estas familias ya no pueden moler su propio maíz y están haciendo las tortillas, con las que se han alimentado durante siglos, con harina industrial, que se vende en la tienda del pueblo, igual que otros productos importados como sopas o salchichas que no hacen más que empobrecer la alimentación de la población rural pobre (por no citar el aumento exponencial de la desnutrición entre niños y niñas menores de 5 años).

Todavía quedan algunas pocas personas que no han vendido sus campos porque quieren dejarles una herencia a sus hijos. Estuvimos en un pueblo en el nos recibieron representantes de las únicas 12 familias que allí quedaban. Todas guardaban con celo el título de propiedad que tantos años de lucha les había costado obtener, aunque no sabían cuánto tiempo podrían resistir a las presiones de las empresas palmeras. Sus terrenos estaban rodeados de tan dichosa planta y tenían que pedir permiso para acceder a ellos. Iban de noche para sacar la cosecha y tenían que hacerlo a cuello porque no podían entrar con sus caballos. Estaban desesperados.

Debemos buscar soluciones

Ya de vuelta a casa pensé con tristeza que todas estas familias acabarían claudicando. Que se verían obligadas a emigrar, a dejar sus hogares, a quedarse sin nada. Entonces me sentí orgullosa de trabajar en una organización como Oxfam que denuncia su situación (y la de miles de personas que son víctimas de acaparamiento en Honduras, Congo o Indonesia) y que presiona a gobiernos e instituciones globales como el Banco Mundial para que busquen soluciones. Mi acción como ciudadana del mundo también es clave. Entre todos y todas podemos conseguir que esos hombres y mujeres puedan volver a tener tierras, a ser ricas, a ver un futuro en su horizonte.

Paremos esta injusticia – Actúa ahora

Más información

Preguntas y respuestas sobre el acaparamiento de tierras

Descárgate el informe: "Nuestra tierra, nuestras vidas", tiempo muerto para la compra masiva de tierras

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