Trabajando para conseguir una vida digna para los refugiados más vulnerables de Zaatari

Caroline Gluck

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Oxfam Great Britain, Oficial de Prensa
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Adaptarse a la vida en el campo de refugiados de Zaatari, en el corazón del desierto jordano, es difícil para todas las personas refugiadas, pero lo es especialmente para las personas discapacitadas y con necesidades especiales. 

Conocí a Sidra, una chica de doce años, en la calle principal del campo, cerca de la entrada. Acababa de llegar al campo dos días antes junto a su madre y su hermano y los tres se habían acercado al hospital para registrar a Sidra y solicitar una silla de ruedas.  Sidra sufre parálisis de cintura para abajo y tuvo que pedirle prestada una silla de ruedas a su vecino para poder acercarse hasta el hospital. Su madre, Fátima, me contó que la decisión de dejar Siria había estado motivada principalmente por el hecho de que el conflicto dificultaba encontrar asistencia médica para su hija. Sin embargo, su marido, albañil de profesión, se ha quedado en el país pensando que, así, aún podrá ganar dinero para su familia.  "El principal motivo por el que vinimos es para proteger a mi hija. Si no fuese por su condición, no nos habríamos marchado de Siria. Cuando había ataques y bombardeos, la gente corría a esconderse y refugiarse pero mi hija no podía. Alguien tenía que venir y quedarse con ella. Estamos aquí gracias a la misericordia de Dios. Podríamos haber sufrido un ataque y muerto. Pero saber que mi hija está sana y salva aquí, lo vale todo". 

La familia espera poder mudarse de una tienda a una caravana en la que tener más espacio y privacidad. Pero su principal preocupación ahora es conseguir una silla para que Sidra tenga más independencia y pueda moverse por el campo. 

 "Estoy muy agradecida por toda la ayuda que hemos recibido hasta ahora. Las organizaciones se han portado muy bien, nos han respetado y nos han tratado estupendamente", afirma Fátima. 

Lista de espera

Sin embargo, con más de 171.000 personas registradas en el campo de refugiados de Zaatari, proporcionar la ayuda necesaria supone todo un desafío para las organizaciones presentes, quienes luchan por conseguir financiación suficiente

Muchas otras personas están en lista de espera para conseguir una silla de ruedas. Entre ellas Omayya, de 70 años, que el año pasado sufrió un derrame cerebral que le dejó inmovilizada. Esta enérgica abuela, que solía recoger las cosechas de sus campos a mano, cocinar y limpiar su hogar, ahora se pasa el día tumbada en un fino colchón en su caravana prefabricada. 

"Ir al baño es lo más difícil", nos confiesa. "Me paso el día tumbada y sola a menos que alguien como mi nuera venga a visitarme. Creo que las cosas serían más fáciles si tuviera una silla de ruedas. Aquí, tumbada sobre el colchón, me siento aislada". 

El especialista de Oxfam en movilización, género y rendición de cuentas, Jeff Silverman, visita a Omayya con regularidad para traerle pañales. Jeff ha remitido su caso a las organizaciones que asisten a personas con necesidades especiales, quienes tal vez puedan proporcionar ayuda adicional. 

Los propios aseos y duchas de Oxfam, a punto de estar terminados, han sido diseñados teniendo en cuenta las necesidades de las personas discapacitadas. La organización también está buscando asientos de inodoro especiales para personas como Omayya, que sufren parálisis o carecen de silla de ruedas.

"Las personas con necesidades especiales o las personas mayores con discapacidades físicas o psíquicas están entre las más vulnerables", señala Jeff. "Para ellas resulta muy difícil participar en las distribuciones o acceder a servicios, al agua, al saneamiento o a las instalaciones higiénicas". 

Mantener la esperanza

Hay tantas personas en el campo que es fácil que las personas con necesidades especiales (especialmente aquellas que no pueden salir de sus tiendas o caravanas) se queden aisladas o se vuelvan casi invisibles y queden fuera del alcance de quienes podrían ayudarles. 

Hamda de Dara'a, de 35 años de edad y con siete hijos, está decidida a que esto no le ocurra a su hija de cinco años, Miriam, que nació paralizada de cintura para abajo y que precisa de pañales especiales. 

Miriam es una niña alegre a la que encontré coloreando un libro cuando visité a su familia en su caravana. Su madre dice que le encanta cantar. "Si alguna escuela aceptara a Miriam, ella iría encantada", dice Hamda. "Pero en la escuela del campo me han dicho que no tienen instalaciones especiales para niños y niñas discapacitados”. 

“No puedo expresar con palabras lo difícil que nos resulta cada día. Miriam es tan pequeña que, por ahora, no se da cuenta de sus problemas".

Pero Hamda dice que no dejará de luchar para lograr mejores oportunidades para su hija y buscará un médico especialista que pueda ayudarla pues, según cree, aún puede curarse. 

"Creo que si tuviera un andador podría mejorar. Cuando se sostiene contra una pared, consigue andar un poco. Yo tengo esperanza. No creo que sea un caso perdido"

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