Cinco lecciones de las mujeres de Sudán del Sur

Júlia Serramitjana

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Intermón Oxfam (Spain), Oficial de comunicaciones
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Hace unos días volví de Sudán del Sur, un país castigado por un conflicto desde hace casi medio año y que, tras el acuerdo de alto el fuego firmado hace unos días, debería abrir una brecha de esperanza para millones de personas que lo están sufriendo.

Durante la anterior guerra civil, las mujeres se unieron a través de las fronteras para abogar por la paz y tuvieron un rol esencial en tanto que agentes del cambio.

Las mujeres que conocí allí contaban historias durísimas. Historias difíciles de escuchar.  Mi compañera Laura Hurtado ya contaba hace un tiempo las enormes dificultades a las que tienen que enfrentarse en este país. Y eso que todavía no había empezado la guerra.

Admiro a esas mujeres que, en situaciones de conflicto y vulnerabilidad, logran transformar el dolor y el sufrimiento en coraje y valentía para poder seguir adelante. Con la resiliencia como bandera, me sorprende la admirable capacidad que tienen para sobreponerse a largos períodos de dolor emocional y situaciones adversas.

Lo que vi allí me hizo tomar conciencia de esas dificultades, que son aún más apremiantes. Muchas han llegado a los campos de desplazados sin nada. Sus maridos están muertos o luchando en el frente.

La vida en los campos de refugiados

Con varios hijos e hijas a su cargo, se ven ahora obligadas a rehacer sus vidas en un campo de desplazados. Durante los días que estuve en uno de los campos de desplazados del país, Mingkaman, pude darme cuenta de cómo se convierten ahora en el principal motor de la supervivencia de sus familias.  Ellas son las que van a buscar la comida, la leña para el fuego, el agua, de racionar el sorgo y las lentejas. Las que se preocupan por encontrar un techo donde poder resguardar a  sus hijos e hijas de las lluvias. Observándolas, intentaba imaginarme la situación a la que hacen frente, físicamente agotadora y psicológicamente extenuante.

El 84% de las mujeres de Sudán del Sur son analfabetas y la mayoría carece de conocimientos suficientes para incorporarse al mercado laboral, casi inexistente, lo que las hace depender de sus maridos, siendo todavía más dramática la situación de las miles de viudas que deja la guerra.  De ellas aprendí muchísimo.

Admiré la necesidad de ser autosuficiente que manifestava Mary Bol, quizás la excepción a esa estadística, que me transmitía su frustración: “Antes podía mantenerme yo misma, pero aquí no puedo hacer nada. Solía limpiar oficinas en Bor. Además tenía un terreno donde podía cultivar a la orilla del río y era una fuente de ingresos para mi familia”, contaba con resignación.

Siempre recordaré el atisbo de esperanza que transmitía Mary Abrey, una mujer que dio a luz a su tercer hijo bajo un techo de plástico  y que, a pesar de todo, confiaba en que un día podría llegar a ofrecerle un futuro.

Quedé impresionada por el ímpetu y la valentía de Matha, que había perdido a su marido y ahora debía ocuparse de sus 6 hijos y tenía graves problemas para poder alimentarles y se esforzaba día a día para poder tener una vida lo más normal posible.

Y la serenidad de de Diing, que con 44 años y madre de 10 hijos, con un marido en el frente que, sola en Mingkaman, explicaba cómo, a pesar de todo, estaba segura que podría sobreponerse a todas las dificultades.

Mujeres como Mary Bol, Mary Abrey, Matha o Diing son una parte vital del desarrollo del país.  Y lo que aprendí de todas ellas es que siempre hay que seguir luchando por un futuro mejor.   Son el ejemplo de cómo seguir adelante cuando todo es adverso.

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