Día 9: Feminismo y soberania alimentaria

Pamela Elisa Caro Molina

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Investigadora feminista chilena quien colabora con CLOC–La Vía Campesina
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La soberanía alimentaria ofrece oportunidades para avanzar en los derechos de las mujeres, pero se requiere también transformar las relaciones de género en las familias rurales y en nuestro propio movimiento. Los movimientos sociales como La Vía Campesina tienen el desafío ineludible de articular soberanía alimentaria y feminismo.

Por Pamela Elisa Caro Molina, investigadora feminista chilena quien colabora con CLOC–La Vía Campesina

Soberanía alimentaria es una propuesta alternativa al modelo neoliberal de producción y consumo de alimentos. La noción se origina en el Foro paralelo a la Cumbre Mundial de la Alimentación (1996), luego de un proceso de construcción colectivo y popular, con alta participación de mujeres de La Vía Campesina (LVC).

Bajo la consigna “el alimento no es una cuestión de mercado, sino de soberanía”, se defiende el derecho a decidir las políticas de agricultura y a organizar la distribución, intercambio y consumo de alimentos, de acuerdo a necesidades y factores culturales, éticos y estéticos de familias y comunidades campesinas, en cantidad y calidad suficientes.

Implica proteger y regular la producción y comercio local, hacia un desarrollo rural sostenible; fomentar prácticas de agricultura orgánica; promover alianzas campo-ciudad y comercio justo; y rechazar la privatización de la tierra, agrocombustibles, transgénicos, monocultivos y agrotóxicos.

Ofrece oportunidades para avanzar en los derechos de las mujeres en el sistema alimentario, porque reconoce su papel histórico desde la invención de la agricultura, en la recolección y propagación de semillas, como protectoras y guardianas de la biodiversidad y recursos genéticos. El sostén moral, social y afectivo de la soberanía alimentaria son las mujeres, “de nada convierten pan y alimentos”.

Las semillas son el mejor tesoro conservado por las campesinas. Son el inicio y fin del ciclo de producción que refleja la historia de los pueblos. Su existencia diversa y libre circulación como patrimonio colectivo, permitirá asegurar la abundancia alimentaria. En consecuencia, la biotecnología y derechos de propiedad constituyen barreras de género en el reconocimiento de las mujeres en el sistema alimentario, impidiendo la transmisión y tránsito de sus conocimientos.

Junto con fortalecer los bancos locales de semillas criollas y seguir fomentando intercambios, una recomendación audaz sería “reconocer” simbólica y materialmente a las mujeres que guardan y reproducen semillas, a través de instancias legitimadas multiactores, compuestas por gobiernos, agencias internacionales y organizaciones sociales.

Desde una perspectiva feminista, la agenda de reivindicación de la función femenina histórica en la alimentación y reproducción social resulta insuficiente. Se requiere transformar las relaciones de género en las familias y en el propio movimiento; otorgando valor al carácter económico-productivo de la alimentación, pues la propia organización del sistema económico requiere tanto actividades  de reproducción como de producción.

"La biotecnología y derechos de propiedad sobre las semillas constituyen barreras de género en el reconocimiento de las mujeres en el sistema alimentario."

Procesos personales femeninos de autovaloración del aporte material a la economía agrícola son incipientes. Sigue habiendo naturalización, invisibilización y discriminación. Un desafío para los movimientos es asumir que “lo personal es político”, que implica valorar la lucha por la igualdad de género tanto como la lucha por la igualdad social y reconocer a las campesinas como actoras económicas y sujetas políticas de derechos individuales, y no sólo colectivos en tanto categoría social.

Soberanía alimentaria implica reforma agraria integral. Pero enérgicamente con igualdad, garantizando plenos derechos a las mujeres al acceso y control de la tierra, zonas de pesca, rutas de migración de pastoreo y a las indígenas el derecho a territorios. Sugerencias concretas son revisar la concepción campesina de propiedad colectiva y comunitaria de la tierra; y asegurar una repartición equitativa entre hombres y mujeres que la trabajan, incluyendo la titularidad individual y cotitularidad.

Soberanía alimentaria apela al derecho a decidir qué producir. Desde una óptica feminista compete preguntarse cómo está repartido el poder en el ejercicio de dicho derecho. Avances concretos emancipatorios de género se producirían cuando la toma de decisiones sea igualitaria, asegurando la democracia interna en familias, comunidades y organizaciones. Por lo que el  llamado es a generar órganos permanentes justos de decisiones en dichos niveles, contribuyendo a que las mujeres pierdan el miedo a decidir, a través del fortalecimiento de su autoestima, acceso a mayor educación y formación  en cabildeo.

Estamos en un momento de oportunidades, pero también de riesgos, que convendría los movimientos asumieran. La revalorización de funciones sociales históricas, como la función nutricia, corre el peligro de limitarse a un mero reconocimiento simbólico, que puede incluso reforzar la tradicional división sexual patriarcal del trabajo.

Otro riesgo es consolidar un discurso autocomplaciente de victimización basado en la sobre responsabilización femenina y mayor carga laboral (productiva y reproductiva), incluyendo tareas de cuidado.Las oportunidades pasan por aprovechar el despertar de las conciencias femeninas y los liderazgos de mujeres en movimientos como LVC, para cuestionar políticamente la organización económica patriarcal, partiendo por las propias unidades familiares campesinas.

Las propias organizaciones son conscientes cuando señalan que el reconocimiento del aporte histórico debería confluir en propuestas de igualdad de género, pues el sistema patriarcal de relacionamiento sigue ampliamente instalado en la vida cotidiana campesina, convirtiendo a la dominación masculina en la forma recurrente de vinculación .

"Las oportunidades pasan por aprovechar el despertar de las conciencias femeninas."

Articular soberanía alimentaria y feminismo es entonces el desafío ineludible para movimientos sociales como LVC, que los interpela a  revisar enfoques y estrategias para avanzar en prácticas de igualdad de género y empoderamiento de las mujeres. Las estrategias a reforzar serían seguir reivindicando bienes sociales y recursos productivos (tierra, agua, equipos, maquinaria, centros de acopio), pero también promover genuina participación, autonomía y soberanía femenina en todos los planos: económico, político, e incluso en la sexualidad, apelando a la “soberanía del territorio del cuerpo”, diciendo no a la violencia de género.

Como recomendaciones concretas sugerimos fomentar la participación equilibrada de hombres y mujeres en todas las fases de producción y distribución de alimentos, generando sistemas de alerta cuando por razones culturales, se subvalora actividades en que se concentran mujeres (reproducción de semillas) y al revés se sobrevalora aquellas públicas donde se involucran más hombres (comercialización); y promover el control femenino de toda la cadena económica-productiva hasta la comercialización en ferias, pues la autonomía se sostiene en ingresos femeninos individuales.

Las tareas de alimentación debieran ser asumidas como una responsabilidad de todos/as, no sólo de mujeres como parte del mandato sexual. Para LVC implicaría politizar el espacio privado de preparación de alimentos, incorporando el debate “puertas adentro” en las familias y parejas, cuestionando la injusta organización familiar tradicional.

" Los desafíos del movimiento incluirían la denuncia pública de desigualdades de género en la sociedad, familias y organizaciones sociales."

Los desafíos del movimiento incluirían la denuncia pública de desigualdades de género en la sociedad, familias y organizaciones sociales; y promover modelos prácticos de producción agroalimentaria que impliquen igual trabajo e igual descanso, como patrón cooperativo horizontal, sin privilegios masculinos ni posiciones de género jerárquicas.

Como los cambios no son “por decreto”, la plataforma debiera generar procesos de concientización que busquen desnaturalizar conductas, remover visiones patriarcales que actúan sutilmente, entendiendo que es posible cambiar la invisibilidad del aporte femenino, y que la equidad de género implica intercambiabilidad y reciprocidad.

Dichos espacios cotidianos campesinos de reflexión pueden producirse en tertulias, fogones, fiestas e incluso partidos de futbol. Igualmente se sugiere hacer talleres con niños/as y adolescentes; y usar medios de comunicación locales con mensajes de igualdad.

Lideresas de LVC en Latinoamérica han conducido campañas de soberanía alimentaria, no sin tensiones con los liderazgos masculinos, quienes gozan de años de protagonismo público. En el fortalecimiento de sus liderazgos para desafiar los desequilibrios de poder resulta clave promover alianzas con otros movimientos feministas, que contribuyan con formación, argumentos y estrategias para enfrentar positivamente los conflictos que produce el cambio y darle sustentabilidad al proceso de igualdad de género. 

Lee el ensayo: Soberanía alimentaria y igualdad de género