Día 10: La recivilización de los hombres por las mujeres

Olivier De Schutter

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Relator Especial de las Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación
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La transición agraria hacia una forma de agricultura capitalizada de gran densidad de insumos está profundamente ligada a las cuestiones de género. La seguridad alimentaria depende de que se luche contra la discriminación de las mujeres, pero solo será viable si se combina con una redefinición de las responsabilidades en los hogares.

Por Olivier De Schutter, Relator Especial de las Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación

La transición agraria es un proceso complejo, caracterizado por un cambio acelerado hacia una forma de agricultura capitalizada de gran densidad de insumos, así como por la creciente importancia de las cadenas mundiales de valor y las exportaciones. A su vez, tiene como consecuencia un aumento de la concentración de las tierras, la migración masiva del campo a la ciudad y la despoblación de las zonas rurales.

"La transición agraria hacia una forma de agricultura capitalizada de gran densidad de insumos está profundamente ligada a las cuestiones de género."

Esta transición está profundamente ligada a las cuestiones de género. En primer lugar, la tendencia general ha sido que los hombres emigren primero, durante períodos más extensos y a destinos más alejados. Aunque hay excepciones a esta pauta: En Sri Lanka y Filipinas, por ejemplo, las mujeres migrantes representaban respectivamente tres cuartos y más de la mitad de los emigrantes de los últimos años, a menudo para convertirse en empleadas domésticas o trabajadoras sexuales, o para trabajar en la industria textil en un mercado laboral muy segmentado. Sin embargo, por lo general es más probable que sea el hombre, antes que la mujer, el que abandone el trabajo agrícola de su hogar y busque ingresos en otros sectores, en parte por las normas sociales relacionadas con los roles de cada sexo, y en parte debido a que, por lo general, los hombres tienen un nivel superior de educación que les permite buscar empleo al margen de la agricultura. 

"Puede resultar complicado para las mujeres conciliar su función como pequeñas productoras con sus responsabilidades en la economía “asistencial."

Por lo tanto, son las mujeres las que permanecen para asumir toda la carga de la producción agrícola. Es posible que para ello reciban apoyo mediante el recibo de remesas, que pueden servir para comprar insumos o contratar mano de obra para el desempeño de tareas más arduas, como la preparación de la tierra, que no suele considerarse una tarea adecuada para las mujeres: parece que esto es bastante común en el Sudeste asiático, donde la productividad de la tierra se ha mantenido en parte gracias a dichas remesas.

Pero las mujeres rara vez disfrutan de protección legal o derechos de propiedad de bienes, y tienen que enfrentarse a las normas sociales y culturales que obstaculizan su capacidad para mejorar la productividad. Además, puede que les resulte complicado conciliar su función como pequeñas productoras con sus responsabilidades en la economía “asistencial”, un obstáculo al que los agricultores masculinos no tienen que enfrentarse. Estas responsabilidades reducen la movilidad de las mujeres, lo que afecta a su capacidad para comercializar sus productos, y deriva en pobreza de tiempo para las mujeres y una escasez de la mano de obra en el campo.

En este contexto, se han expresado preocupaciones sobre la repercusión que puede tener la feminización de la agricultura en la seguridad alimentaria local, si, debido a los obstáculos a los que se enfrentan, las mujeres son menos productivas que los hombres. En 2010, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) presentó su famosa conclusión al respecto: "Si las mujeres tuvieran el mismo acceso a los recursos productivos que los hombres, podrían incrementar el rendimiento de sus explotaciones en un 20-30 por ciento. De este modo, la producción agrícola total en los países en desarrollo podría aumentar en un 2,5-4 por ciento. Un aumento de la producción de este calibre permitiría reducir el número de personas hambrientas en el mundo entre un 12 y un 17 por ciento." 

"La seguridad alimentaria depende, hoy más que nunca, de que se luche contra la discriminación que sufren las mujeres."

Sean o no ciertos estos cálculos, la realidad es que la seguridad alimentaria depende, hoy más que nunca, de que se luche contra la discriminación que sufren las mujeres, con el fin de que éstas, y los hogares agrícolas que encabezan, puedan producir alimentos en mejores condiciones.

La implicación de las cuestiones de género en transición agraria no se queda ahí. Una proporción creciente de mujeres ha aceptado trabajos asalariados en latifundios, en muchos casos reemplazando a los hombres que se marchan para trabajar en otros sectores ajenos a la agricultura. El crecimiento de la proporción de las mujeres que trabajan como empleadas asalariadas agrícolas tiene lugar en un momento en que las exportaciones agrícolas no tradicionales están aumentando, en particular los productos hortícolas. Están creándose nuevos puestos de trabajo para cortar flores y para cultivar y empaquetar verduras: estos se consideran productos de alto valor añadido, porque requieren una manipulación especial o algún tipo de procesamiento, lo que añade su valor más allá de la explotación agrícola.

Para los empresarios, contratar a mujeres para este tipo de producción que precisa de una mano de obra relativamente intensiva conlleva diversas ventajas. Se considera que las mujeres son más dóciles y más fidedignas que los hombres. La naturaleza de las tareas de los sectores de exportación emergentes –frutas y verduras en particular– son por lo general menos exigentes a nivel físico y no es necesario utilizar maquinaría pesada, y por tanto se consideran adecuadas para las mujeres. Los salarios de las mujeres suelen ser más bajos que los de los hombres, algo que los empresarios siempre justifican con la argumentación de que, habitualmente, las mujeres nos son las principales contribuyentes de ingresos para sus familias; por el mismo motivo, se percibe a las mujeres como mano de obra altamente flexible, que puede contratarse a la semana o por temporadas.

En este punto se da lo que podría llamarse "segmentación interna" en la mayor parte de la agricultura de alto valor. En estas explotaciones, un segmento relativamente estable y cualificado de la mano de obra coexiste con otro segmento, formado por trabajadores sin formación, a los que normalmente solo se contrata en ciertos periodos del año, y que suelen ser trabajadores ocasionales, sin un contrato de trabajo formal.

"Este trabajo no se remunera ni se reconoce, y resulta casi invisible, y todo, porque son las mujeres quienes lo realizan."

La presión para mantener un sistema tan dualizado, incluso aunque los avances tecnológicos hayan conseguido que la producción dependa menos de la estacionalidad, puede explicarse como consecuencia de la globalización y la necesidad de "racionalizar" (o lo que es lo mismo, hacer más rentable) la gestión de la mano de obra. Esto también explica por qué se clasifica a la parte "marginal" del personal como estacional o temporal, incluso cuando puede que de hecho sean permanentes. Habitualmente, las mujeres tienen una representación desproporcionada en este segmento "marginal", y no en el segmento "central" de trabajadores fijos.

Los derechos de las mujeres deben ocupar un lugar central de la transición agraria si se pretende conciliar con el desarrollo y la reducción de la pobreza rurales. Como pequeñas productoras independientes en explotaciones familiares, es necesario que se les reconozca el acceso a la tierra y a otros insumos productivos. Deben contar con el apoyo de servicios de extensión que proporcionen asesoramiento teniendo en cuenta las cuestiones de género, y con un personal que represente mejor a las mujeres. Asimismo, es preciso alentar a las mujeres a que se organicen en cooperativas que les permitan no solo producir mejor al alcanzar determinadas economías de escala, sino también tener acceso a mecanismos de seguros y servicios financieros colectivos, así como a tener una voz política.

Como empleadas asalariadas, las mujeres que trabajan en las explotaciones agrícolas deben estar protegidas de las diversas formas de discriminación a las que actualmente se ven sometidas. Dicha discriminación adopta varias formas, entre las que destacan la mayor representación de las mujeres como trabajadoras temporales o sin contrato formal; no proporcionarles el equipo protector contra los plaguicidas; la negativa de los empresarios a contratar a mujeres embarazadas, por lo que en ocasiones las trabajadoras en estado esconden su embarazo con el fin de no perder su fuente de ingresos, y la exposición de las mujeres a la violencia doméstica al no poder abandonar la plantación.

El establecimiento de los salarios por obra (por volumen o superficie) suele desfavorecer a las mujeres, ya que el sueldo se calcula según los estándares de productividad masculina. Una consecuencia de este sistema es que promueve que las mujeres lleven a sus hijos al trabajo en calidad de "ayudantes", a fin de realizar la tarea más rápido; este es uno de los motivos por el que tantos niños trabajan en la agricultura.

"Este trabajo no se remunera ni se reconoce, y resulta casi invisible, y todo, porque son las mujeres quienes lo realizan."

Sin embargo, la feminización de la agricultura plantea preguntas que sobrepasan las formas discretas de discriminación a las que están sometidas y de las que los derechos humanos deben protegerlas. La pregunta principal es cómo el cada vez mayor papel de la mujer en la agricultura debería conciliarse con su papel en la economía asistencial (el cuidado y la educación de los hijos, o el cuidado de las personas mayores o enfermas), así como con las tareas del hogar, de las que siguen siendo las principales responsables en todas las regiones; la compra y preparación de los alimentos, la colada o la recogida de leña o agua.

Este trabajo no solo es esencial para la salud y la nutrición de los miembros de la familia, sino también para el mantenimiento del personal agrícola. Aún así, este trabajo no se remunera ni se reconoce, y resulta casi invisible, y todo, porque son las mujeres quienes lo realizan.

Es importante invertir en servicios e infraestructuras que reduzcan la carga que esto representa para las mujeres, por ejemplo, con servicios de guardería en las zonas rurales o con tuberías que permitan llevar agua de las fuentes de abastecimiento directamente a las aldeas. Al reflexionar sobre cómo podemos fomentar el desarrollo rural, debemos reconocer la importancia de esta economía “asistencial” como adyuvante esencial para la economía de mercado. Por ejemplo, debemos adaptar la manera en que los agentes de extensión proporcionan asesoramiento, o la organización del empleo en las explotaciones agrícolas para que encajen con las responsabilidades que las mujeres asumen en los hogares.

  "La recivilización de los hombres por las mujeres es indispensable."

No obstante, la reducción de las tareas domésticas y su reconocimiento no será suficiente. Asimismo debemos redistribuir los papeles dentro de los hogares: es necesario velar por que los hombres, también, contribuyan como les corresponde a la economía “asistencial”, y por que la división de los roles de género se desestabilice y transforme. La feminización de la agricultura solo debería ser viable si se combina con una redefinición tal de las responsabilidades. En lugar de dejar que los hombres sigan centrándose exclusivamente en las actividades que generan ingresos y que todas las tareas sin remunerar, también esenciales para el mercado, recaigan sobre las mujeres, es preciso que reequilibremos las contribuciones respectivas de ambos. La recivilización de los hombres por las mujeres es, por lo tanto, indispensable.

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