El otro abordaje del riesgo: resiliencia y distribución equitativa

El debate global sobre si los desastres son naturales o no lleva más de dos décadas atrapado en un abordaje más bien técnico, sin profundizar en las causas reales de la vulnerabilidad y el riesgo. La vulnerabilidad frente a los desastres no es aleatoria. Las personas son vulnerables por estar política, social o económicamente excluidas y por tener, por lo tanto, un escaso o nulo acceso a recursos, influencia, información o a la toma de decisiones. Los desastres no son naturales. La vulnerabilidad está muy ligada con la pobreza y esto es injusto

El riesgo va en aumento como consecuencia del incremento de la frecuencia de shocks y tensiones. La lucha contra el riesgo frente a los desastres implica cada vez más esfuerzos y recursos para enfrentar los múltiples desafíos ante un creciente número de hombres y mujeres que ya viven o entran año con año a las filas de la pobreza o la extrema pobreza. Una de las principales tensiones sistémicas es el cambio climático, un fenómeno irreversible y cada vez más severo y extremo que nos afecta a todos y a todas, pero de manera desigual. Abordar el riesgo no es solo un problema de carácter humanitario, sino de justicia y equidad. La desigualdad económica y social es un componente indisociable de las crisis y dificulta en gran medida que las personas puedan salir de la pobreza y reduzcan su vulnerabilidad ante el riesgo. 

Anhelo de vivir. Foto: Jonatan Funes / Concurso #NoFilter Oxfam

El cambio climático, el riesgo y la inseguridad tienen mayor impacto en donde existe mayor desigualdad y pobreza. Se necesita cuestionar la desigualdad que hace que las personas más pobres tengan una exposición al riesgo mucho mayor que las personas ricas. Para Oxfam, como para otras organizaciones globales que trabajamos en desarrollo, la vulnerabilidad solo se puede reducir si se implementan estrategias bajo un enfoque que tome en cuenta las causas de la desigualdad y el reparto del poder. 

La solución pasa en primer lugar por redistribuir el riesgo. La mayor parte del riesgo recae en las personas que viven en pobreza y en ese sentido, las mujeres son las que se llevan la peor parte. Las mujeres se enfrentan a una discriminación con doble desventaja en diferentes niveles, entre otros: educación, empleo, salud y control de la propiedad, lo que les hace aún más vulnerables. 

La desigualdad extrema de riqueza y poder son el motor de las políticas nacionales e internacionales para proteger del riesgo a las personas más ricas, quienes sí pueden mitigar el riesgo; estas lo desvían hacia las personas más pobres que carecen de poder: prestaciones sociales o sistemas de protección social, seguros o ahorros que les ayudan a afrontar una emergencia. 

Y, en segundo lugar, la solución también pasa por construir una ciudadanía activa que pueda hacer valer sus derechos, tener esperanzas de futuro, elegir de qué modo quiere vivir y participar en su propio desarrollo para adaptarse al cambio. Una ciudadanía activa puede generar cambios, a través del conocimiento de qué y quiénes causan su vulnerabilidad y saber quiénes son responsables de reducirla. 

El objetivo no solo debería ser ayudar a las personas a sobrevivir un shock tras otro, sino empoderar a los que más sufren el impacto de los desastres y acompañarles a prosperar pese a esos shocks, las tensiones y la incertidumbre. Lo que conocemos como resiliencia. 

Distribuir el riesgo significa, entre otras cosas: dirigir acciones orientadas a los grupos marginados que precisan mayor apoyo y servicios centrados en garantizar la igualdad de oportunidades; la creación de instituciones en favor de los más vulnerables para canalizar sus necesidades y capacidades; capacitar a hombres y mujeres para que puedan exigir cuentas a las personas en el poder, mediante la participación y  toma de decisiones desde sus territorios hasta el nivel central; lograr prestaciones gratuitas de servicios básicos esenciales y movilizar recursos para financiar lo anterior, a través de sistemas fiscales progresivos y lucha contra la corrupción y desarrollar nuevos modelos y formas de vida en armonía con nuestros recursos naturales. 

En muchos lugares donde se sufren crisis recurrentes, la respuesta de los gobiernos y del sector humanitario internacional ya no es suficiente. El énfasis debería estar en una nueva forma estratégica de abordar el riesgo por medio de la resiliencia y una ciudadanía activa, tomando en cuenta que se trata de un problema originado por la distribución inequitativa de la riqueza, incluyendo los recursos naturales y no por la naturaleza misma. 

 

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