Chaplin en Honduras

Entrada escrita por María José Agejas, Oxfam Intermón. Foto: Jorge Moreno/Oxfam Intermón.

Miriam Díaz tiene poco más de 30 años y me cuenta con cierta ironía que tiene más achaques que su madre, que parió otros siete hijos e hijas. La maquila en la que lleva 18 años trabajando le ha robado la salud, pero la lucha contra el gigante la ha hecho poderosa, le ha enseñado lo que muchas mujeres juntas y organizadas pueden hacer.

Cada día, junto a tres compañeras, Miriam tenía que coser las mangas de 500 docenas de camisetas. “Antes sólo miraba la máquina y las 500 docenas diarias. No tomaba agua por no ir al baño para sacar las 500 docenas diarias. Venía a casa pensando en las 500 docenas del día siguiente”.

No beber agua ni orinar durante once horas no es la única estrategia para cumplir con la tarea diaria asignada. Según una encuesta de Oxfam, muchos hombres y mujeres que trabajan en las maquilas llegan antes de su hora, trabajan toda la jornada sin levantarse de la silla, no se comunican con sus compañeros o compañeras o reducen el tiempo del almuerzo.

La precariedad laboral o la falta de oportunidades son, junto a la violencia o el cambio climático, los vectores de la emigración de la población hondureña hacia otros países. Durante unas semanas, el mundo ha sabido de este fenómeno a través de las caravanas, pero poco se ha hablado de las causas de fondo de la huida del país de familias enteras en busca de un entorno más respirable.

Miriam es una de las 260.000 mujeres que trabajan en las maquilas de Centroamérica, esas zonas francas que atraen inversión extranjera a cambio de obscenos beneficios fiscales y de una mano de obra más barata y desechable que la ropa que producen. Las utiliza sobre todo la industria textil, gigantes que a su vez suministran a poderosas y conocidas empresas de la moda. Casi todas y todos, seguramente, hemos vestido ropa hecha por alguna de estas mujeres que a los 30 años ya tienen problemas de salud irreversibles y dolorosos. “Contratan personal de 18 a 25 años, ya de 30 años no quieren contratar a nadie”, describe Miriam.

En efecto, el perfil de las mujeres que trabajan en las maquilas es el de jóvenes de entre 18 y 35 años, madres y al frente de hogares monoparentales, según Oxfam. La mayoría proviene de zonas rurales, lo que implica normalmente una baja formación que les impide, cuando ya no pueden trabajar en esas fábricas, tener alternativas laborales viables.

Miriam Díaz vive en Honduras, en la colonia López Arellano, uno de los sectores más peligrosos del área de Choloma, a las afueras de San Pedro Sula. Vive con su marido y su hermano, todos ellos empleados en la maquila a razón de once horas al día, sin contar el desplazamiento. Esto obligó a Miriam a separarse de sus hijos para mandarlos con su madre, en Yoro, otra región. No podía ocuparse de ellos ni dejarlos a cargo de nadie.

Ya bastantes riesgos corre ella, saliendo de madrugada y volviendo de noche, cuando las maras aprovechan para robar, asaltar o violar. Y matar, porque no olvidemos que en Honduras una mujer es asesinada cada 17 horas. Esta estadística es una estimación basada en las muertes publicadas por los periódicos, con lo cual se cree que está muy por debajo de la realidad. “Me ha tocado separar a mis tres hijos de mí. Vivimos en colonias peligrosas, no podemos salir a las 5 de la mañana y dejarlos aquí. No sabe usted lo terrible que es, las tristezas que una anda por dentro”.

Producto de los movimientos repetitivos por coser las mangas de las camisetas, Miriam sufrió una lesión en el hombro. A pesar de los dictámenes médicos, no conseguía que la empresa, Gildan, le reconociera la incapacidad. Ahí fue donde entró en contacto con la Colectiva de Mujeres Hondureñas, Codemuh, que no sólo la ayudó en el proceso judicial, sino que le proporcionó apoyo psicológico y un espacio de lucha en sororidad por sus derechos. “Cuando comencé, desconocía mis derechos. La Colectiva de Mujeres Hondureñas me ha enseñado mucho. Este proceso me ha hecho fuerte.”

Y qué decir del salario. La llamada canasta básica mensual en Honduras, un baremo que calcula lo que una persona necesita para alimentarse, pagar la luz, comprar ropa, transportarse… es de unos 15.000 lempiras (540 euros), pero el salario de Miriam no alcanza los 7.100 (256 euros). Las cuentas no cuadran, pero el agravio es flagrante cuando se compara lo que ganan estas trabajadoras con lo que la venta final de algunos de los productos que confeccionan puede alcanzar en el mercado. Oxfam da un ejemplo en su informe “Derechos que penden de un hilo”: las camisetas de la NFL, la liga nacional de futbol americano, que se venden a 25 dólares, mientras que la empleada que las fabrica sólo recibe 8 centavos por cada una. Eso es 3.125 veces menos. No está mal la ganancia.

“Me llena de tristeza ver en qué condiciones estoy, y que la realidad no es lo que yo pensaba cuando empecé”, confiesa Miriam. Ella es una de los 27 millones de personas que trabajan en zonas francas en todo el mundo. Como ella, muchas sufren todo tipo de enfermedades asociadas al tipo de movimientos que repiten miles de veces al día, como si no hubiera pasado casi un siglo desde que Charles Chaplin rodó Tiempos Modernos.

Pero incluso para las que son fuertes, para las que no tienen lesiones musculares, ni padecen sinusitis por aspirar las pelusas de los tejidos, o sordera por las máquinas, la vida consiste en salir de sus casas a las cinco de la mañana, cubrir turnos que pueden llegar a las 24 horas cosiendo pelotas de béisbol, camisetas o pantalones y volver a casa derrengadas, ya de noche, sin haber podido compartir el baño de sus hijos o un rato de esparcimiento.

A esa misma hora, en alguna otra parte del mundo, seguramente más al norte, habrá quienes, inadvertidamente, estén vistiendo una de esas camisetas y luciendo una marca que para ellos encerrará glamour, pero para Miriam y sus compañeras no es más que la marca de la explotación y la precariedad.

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