Esperando volver a la normalidad en Pakistán - Parte 1

El periodista Alex Renton visitó Pakistán 7 meses después de las inundaciones. Allí pudo comprobar las consecuencias de uno de los mayores desastres naturales de la historia, que provocó que más de 20 millones de personas se quedaran sin nada. Poco ha cambiado en estos últimos meses.

Tras unos cuantos días en Dadu, comienzas a olvidar que el mundo es mucho más que barro y neblina. Es un lugar desde el que se percibe el horizonte desde todo ángulo: grandes praderas inundadas de un océano gris, en un entramado de riberas y canales, algunos de ellos repletos de tiendas de campaña colocadas una detrás de otra a lo largo de varios kilómetros. Algún árbol ocasional o un poste telegráfico son los únicos elementos que emergen hacia la neblina que cubre el valle del Indo. Las aldeas parecen castillos de arena tras el paso de la marea. Estas eran algunas de las tierras agrícolas más ricas del sudeste asiático. Pero en agosto quedaron anegadas.

A medida que nos adentramos en los canales nos vamos topando con personas, supervivientes, ataviados de pies a cabeza con unas sábanas embarradas que los protegen del frío. Todos esperan que suceda algo que mejore las cosas. Cada uno de ellos plantea las mismas preguntas: ¿Nos podéis ayudar? ¿Cuándo nos vais a ayudar? ¿Cuánto debemos esperar? Pero para muchos, lo más urgente parece ser que alguien escuche su historia.

“Yo era agricultor. Ahora soy pescador”, relata Mumtaz Ali. Cuando lo conocimos, estaba sonriente sobre el muro de contención y portaba orgullosamente un pez que acababa de pescar, como cualquier otro pescador de toda la vida. Cuando llegamos con la cámara, su rostro se tornó serio ya que, según nos contó, esta era ahora su cosecha, la única que le daban sus tierras desde julio del año pasado. En donde debía estar creciendo el trigo ahora nadan los peces. Llegaron con las inundaciones que arrasaron Pakistán a finales del verano pasado, que inundaron un área más grande que Inglaterra y a decenas de miles de aldeas como la de Mumtaz. Los peces se han puesto las botas con las semillas y los cadáveres del ganado.

“Pescar no alcanza para alimentar a nuestras familias”, agrega Mumtaz, “así que nos quedamos aquí a cuidar la aldea mientras los demás se han ido a vivir a los campos de refugiados o a la ciudad. Mi esposa y mis tres hijos viven en un muro de contención al lado del río, y recogen madera de la inundación para venderla como leña para fuego”. Mientras hablamos, un agricultor de otra aldea se acerca a rogarnos que le dejemos llevarse algunos peces vivos para que se reproduzcan en sus campos. Mumtaz da su visto bueno y el hombre se lo agradece una y otra vez.

Con cuatro amigos, una red y una destartalada canoa de madera, Mumtaz se gana la vida de la única forma posible: la pesca le proporciona 200 rupias al día a un total de 4 hombres. Duermen en el único edificio que queda en pie en su anegada aldea, una escuela de dos habitaciones. “Estamos esperando”, nos dice. ¿A que el agua se vaya? Se encoge de hombros y responde: “Esperamos que nuestra vida vuelva a la normalidad”.

Quizás otros cuatro millones de pakistaníes también estén a la espera en Swat, Sindh, el Punjab y Balochistán, en la vertiente de las grandes praderas del Indo, la columna vertebral de Pakistán. La denominan “el tsunami lento”. Tres inundaciones distintas barrieron el distrito de Dadu, en Sindh, durante agosto y septiembre, y provenían de tres fuentes diferentes. Los daños en todo el país fueron sin precedentes: 20 millones de personas obligadas a abandonar sus hogares, 2 millones de casas destruidas, 5,3 millones de puestos de trabajo perdidos. En cuanto a vidas afectadas, fue el mayor desastre natural de la era moderna.

Los desastres son injustos: Se ceban principalmente con los pobres, ya que no tienen medios de escape, ni seguros, ni ahorros para reconstruir sus vidas. Aquí, en el estado fallido de Pakistán, viven algunos de los más pobres de Asia. Dos tercios de la población rural de Sindh no tiene tierras y sus derechos sobre sus hogares son discutibles. La mayoría trabaja en la mediería y como peones agrícolas en las tierras de los terratenientes. Cuando regresaron a sus hogares en enero, resultaba difícil encontrar una familia que no tuviese deudas y no estuviera asediada por el hambre.

Continuará...

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