Cruzando el Rubicón

Un camión cargado de pañales llega al cruce hacia Kerem Shalom, justo frente a nosotros. Es un cargamento de 36 palés de madera apilados que alcanzan los 160 cm de altura. No es suficiente para satisfacer las necesidades de Gaza, en donde 170 bebés nacen a diario. “Últimamente hemos visto muchos pañales y papel higiénico”, confiesa el Mayor del ejército israelí que se encarga de lidiar con la ayuda humanitaria. También macarrones y spaghetti, ahora que los políticos de la administración israelí los han aprobado.

Estoy aquí con trece compañeros de asistencia humanitaria, tres soldados israelíes de rango medio y un responsable de Kerem Shalom. Veinte adultos debaten acaloradamente sobre pañales y la amenaza de la pasta a la seguridad. Mientras tanto, dentro de Gaza, ocho mil familias esperan los materiales para reconstruir sus hogares, destruidos hace ya tres meses.

Se tarda bastante en llegar aquí. Cerca de dos horas desde Jerusalén, incluyendo media hora de camino desde que pasamos el giro hacia el cruce comercial de Karni que lleva a Gaza. El gobierno israelí cerró el cruce de Karni en junio de 2007 cuando Hamas tomó el control de Gaza. Desde entonces, todos los suministros de Gaza se han desviado para entrar cuarenta kilómetros al sur. Una vez dentro de la Franja, los suministros se derivan nuevamente cuarenta kilómetros al norte, a la ciudad de Gaza, en donde vive la mayoría de la población. Media hora que sirve para hacer cálculos y pensar en la respuesta. Setecientos camiones por semana hacen 40 kilómetros de más para entrar por Kerem Shalom. Eso es un total de 28 mil kilómetros de más por semana, y lo mismo al entrar en Gaza. Al año, suman unos tres millones de kilómetros, lo que son unos 2 millones de litros de diésel, cerda de un millón de libras esterlinas al valor local.

Nos pega de frente el viento que viene de Egipto, a menos de doscientos metros de nosotros. Dos camioneros discuten y se empujan en la cola de verificación de sus papeles. Una vez pasa uno, el otro mete su camión otros cien metros dentro del complejo. Seguimos en nuestro autobús de la ONU, cargado con una pila de cascos azules y chalecos en el asiento de atrás por si nos atacan mientras estamos aquí. Kerem Shalom es un área militar israelí en la intersección de Gaza, Israel y Egipto. Fue frecuentemente el blanco de grupos armados palestinos en el pasado. Hace un año, un suicida detonó un camión con explosivos. Cerraron el cruce durante meses. También nos recuerdan que aquí es donde secuestraron a Gilad Shalit hace más de 1000 días. Nos dicen que la política no cambiará hasta que lo liberen.

El jefe de operaciones de Kerem Shalom dice que su principal función es permitir el paso de ayuda humanitaria para los palestinos en Gaza. Sin embargo, siempre da prioridad a la seguridad, “Si hay riesgo de peligro para la gente, tengo que cerrar el paso inmediatamente”. También cuenta que esta operación es el pez que se muerde la cola. Por un lado, los trabajadores palestinos no llegan a tiempo al trabajo, “Hamas controla todo y retiene a los trabajadores que vienen de Gaza. Por otra parte, a mí me ordenan controlar 150 camiones diarios, a pesar de que podríamos lograr 400 o 500. “Depende de la política”. Desde junio de 2007, la política del gobierno israelí es que a Gaza no entre nada más que ayuda humanitaria.

Un camión se aleja del área de descarga B con varios palés todavía dentro. Unos cortes en forma de X en las cajas nos revelan cosméticos en lugar de productos de higiene. Son productos rechazados por no ser de ayuda humanitaria. En el suelo del área B se encuentran filas de palés cargados con mercaderías que han superado la inspección. Han sido descargadas de camiones israelíes. Ahora esperan el sello del área B y la lanzadera que los lleve a la siguiente etapa de su viaje. Al otro lado del muro de hormigón está la lanzadera, en el área A. Kerem Shalom trabaja sus áreas de descarga secuencialmente. Una se carga mientras la otra se vacía. Salimos del despacho del jefe para ver las siguientes etapas de la operación de este lado del muro.

Nuestro anfitrión activa el control de una cámara remota para acercar la imagen a una lanzadera de camiones vacíos. Observamos los vehículos a medida que regresan del área de carga palestina, apenas a unos cien metros dentro de la Franja de Gaza. Entran lentamente en el área B para recibir la carga y regresar al lado palestino, para finalmente ser descargados. Hacen este recorrido todo el día. Cada elemento de ayuda humanitaria se carga en un palé, se envuelve en plástico y se etiqueta antes de comenzar su largo viaje a Kerem Shalom. Se descarga de un camión al suelo. Se carga en los camiones lanzadera y se vuelve a descargar. Al final del día, por tercera vez lo recogerán para cargarlo finalmente en un camión palestino que lo lleve a Gaza.

El jefe de operaciones nos revela otra medida de seguridad de Kerem Shalom contra el contrabando y las bombas. Un complejo separado y amurallado en hormigón cuenta con rayos X para analizar cargas completas de palés. El contrabando es un problema serio. No se trata solo de lápiz labial y loción de afeitar. Se han topado con ruedas de auxilio que ocultaban chips de ordenador. Días atrás incluso encontraron una bomba falsa: “Los organismos de seguridad israelí nos la pusieron para probarnos, y la encontramos.” Nuestro anfitrión y su equipo están un paso por delante de los empresarios y servicios de seguridad que intentan jugársela.

Una última pregunta: “Si intento entrar con un camión lleno de zapatillas para niños, ¿podré entrar?”. El Mayor nos confiesa que tendría que verlo y que, en caso de haber algún problema, lo consultaría a sus superiores. “¿Entonces tenéis una lista de comprobación?” El Mayor muestra su cansancio y responde: “La lista, la lista, siempre estáis pidiendo la lista”. Si existe, parece que no nos darán una copia. Seguimos haciendo lo mejor posible. Cada uno de nosotros en nuestro propio compartimento. Encerrados tras hormigón y decisiones políticas de los otros. Míseras gotas que alimentan a un millón y medio de personas forzadas a ser dependientes mientras esperamos que cambie la política para que puedan hacerse cargo de sí mismos.

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