Los desastres naturales afectarán un cuarto más de población en 2015. ¿Por qué? Debido al cambio climático + a las desigualdades

Ha habido algunos progresos sorprendentes en los trabajos para reducir la tasa de mortalidad como consecuencia de los desastres naturales en las últimas décadas. El ciclón Sidr acabó con la vida de 3 000 personas en Bangladés en 2007, pero fenómenos similares o de menor magnitud se cobraron 100 veces ese número de vidas en el año 1972 y 45 veces ese número en 1991, y la razón principal es que los gobiernos y comunidades locales no habían emprendido entonces acciones para mitigar los riesgos contra estos fenómenos. Ahora todos corremos riesgos debido a la amenaza del cambio climático. Un nuevo informe de Oxfam desvela que cada año, como media, hay unos 250 millones de personas que se ven afectadas por desastres “naturales”, en su mayoría relacionados con fenómenos atmosféricos como huracanes, sequías e inundaciones (mientras que el índice de terremotos es mucho más reducido en comparación). Pero estos números no dejan de crecer, y para el 2015 puede elevarse a más del 50 por ciento, de forma que 375 millones de personas podrían verse afectadas por desastres relacionados con fenómenos atmosféricos, en parte producidos por el cambio climático (ver la gráfica).

Por si no fuera poco, el cambio climático podría además provocar nuevos conflictos con los que innumeras personas se verían desplazadas y necesitadas de asistencia humanitaria. Un informe reciente estima que hay 46 países que en los que existe una “alta probabilidad de que estalle un conflicto armado”, y más aún cuando el cambio climático suma una carga todavía mayor a los ya patentes riesgos para la seguridad. Una vez más, esto es un síntoma de que el número de conflictos sigue aumentando.

Aumenta la vulnerabilidad, a la que se suma al mecanismo de desgaste del cambio climático, resultando ambas en una combinación letal. ¿Qué podemos hacer? Primero reconocer que cuando se ensañan con las personas, los desastres son de todo menos “naturales”. Y sus consecuencias se hacen más intensas sobre los más pobres. En los países ricos, hay una media de 23 personas susceptibles de perecer como consecuencia de un desastre, mientras que los países menos desarrollados este número escala hasta las 1 052 personas. Algunos grupos de población, como las mujeres, niñas, enfermos crónicos, los ancianos y otros, son todavía más vulnerables y se ven además expuestos a la discriminación, las desigualdades y a un débil estado de salud.

Para las personas más pobres del mundo, hay cuatro tendencias que pueden ponerlas en una situación de mayor vulnerabilidad que la que viven actualmente:

  • cada vez hay más personas que viven en los arrabales de las grandes ciudades, construidos en zonas precarias.
  • el aumento de la presión sobre las tierras de cultivo debido a las sequías, a la densidad de la población y al aumento de la demanda de productos cárnicos y lácteos de las economías emergentes hace que las personas cada vez tengan más problemas para procurar la cantidad necesaria de alimentos.
  • el cambio climático, la degradación medioambiental y los conflictos hacen que más personas pierdan sus hogares, arrebatándoles además sus medios de vida, pertenencias y las redes familiares y comunitarias de las que dependían. Algunas previsiones indican que en 2050 habrá hasta mil millones de personas que se verán forzadas a abandonar sus hogares.
  • la crisis económica mundial hace que aumenten las cifras de desempleo y está minando las estructuras de seguridad social existentes.

Todo esto supone un gran reto al que se enfrenta el sistema de asistencia internacional, y en el que se incluyen organizaciones como Oxfam Internacional, quien en noviembre de 2008 estaba prestado ayuda de forma directa a 3,3 millones de personas necesitadas de asistencia humanitaria. Será necesario disponer de mayores dotaciones de fondos (ver la gráfica), y más aun si tenemos en cuenta que en el año 2006 se gastó más dinero en videojuegos que en ayuda humanitaria en todo el mundo. Pero además, estos fondos tendrán que gestionarse de otra forma: en el pasado se emplearon de forma centralizada a través de importantes intervenciones logísticas dirigidas a paliar grandes catástrofes naturales. En el futuro, las organizaciones de asistencia humanitaria tendrán que centrarse en la capacidad local para crear mecanismos de prevención, y para estar preparados desde ese plano de actuación para responder ante el aumento de efectos, en menor escala, pero derivados igualmente del cambio climático.

El informe concluye diciendo que el reto humanitario que se plantea en este siglo XXI radica en el aumento del conjunto de fenómenos y catástrofes provocadas por el cambio climático en el plano local, lo que hace que se eleve el número de personas vulnerables que viven bajo el auspicio de gobiernos que no disponen de medidas preventivas o no saben responder ante este tipo de situaciones, por no hablar del sistema de asistencia humanitaria internacional que tampoco se ve capaz de hacer frente a estos retos. En vista de este panorama, las personas afectadas por los desastres necesitan:

  • un mayor apoyo a los gobiernos nacionales para ser capaces de poner en marcha medidas preventivas y de responder ante los desastres;
  • un mayor apoyo a las personas y a sus comunidades para no ser tan vulnerables ante los desastres; y
  • un sistema de asistencia humanitaria internacional que tome decisiones rápidas e imparciales para ofrecer ayuda de forma efectiva y transparente.
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