¿Qué puede hacer una persona para recuperar a su ser más querido?

La semana pasada estuve en la llanura de Ruzizi, en Kivu Sur, en una de esas aldeas en que miles de personas desplazadas intentan sobrevivir lejos de sus casas, de sus granjas; para muchas de ellas, lejos del único lugar que para ellos es su hogar. Era aldea pequeña y muy bonita, que discurría a lo largo de la carretera que lleva a Uvira, el centro administrativo local. No podía creer que, con un total de 50.000 habitantes, era una de las mayores poblaciones de la zona. Pero hasta esa cifra de habitantes es nueva, no siempre fue así. Hace tres meses, antes de que el ejército nacional lanzara su ofensiva para desarmar por la fuerza a las milicias, casi 20.000 de los actuales habitantes seguían en sus hogares, en sus propias aldeas, en las montañas de los alrededores.

Nadie podía saber que habrían de cambiar ese clima montañés más fresco del que tan orgullosos se sienten por el sofocante calor de la planicie, ni que tendrían que quedarse cerca de la carretera por miedo a posibles ataques o represalias, bien por parte de las milicias como del propio ejército, del todo indisciplinado, que tiene el apoyo de esa misma misión de la ONU cuya presencia tiene por finalidad proteger a los civiles.

Llegué a la aldea para realizar un trabajo concreto, pero tenía curiosidad también por conocer a las personas cuyas voces nunca escuchamos en Kinshasa, la capital, mi ciudad.

Audiencia para los desplazados

Quería saber cómo viven esas mujeres, esos hombres y esos niños que se han visto obligados a quedarse en una aldea que no les esperaba. Quería que me contaran ellos directamente si estaban dispuestos a ser los “daños colaterales” en una guerra que, si hemos de creer lo que nos cuentan algunos políticos a través de la radio y la televisión, pondrá fin a la inestabilidad en la zona oriental y nos restituirá nuestro país.

Pero lo que oí no fue eso, ni por mucho. Las personas me contaron cómo sus vidas habían quedado destrozadas; no hacían sino pensar en qué finalidad tenía todo, y qué iban a hacer ahora.

Riziki me contó que la guerra le había obligado a dejar su aldea por tercera vez. Cuando llegó el conflicto, tuvieron que huir. Solo tuvieron tiempo para llevarse a los niños; todas sus pertenencias quedaron atrás. Sabe que no quedará nada cuando vuelvan: están quemando las casas, una a una, para que no quede nada. Hay enfrentamientos. Algunas personas consiguen escapar, otras mueren. Sus vecinos murieron. A balazos.

Cuando la familia llegó en julio intentaron encontrar una familia de acogida, pero no lo consiguieron, así que ahora viven en la escuela. Viven en una habitación con otras cinco familias – sin camas y sin comida.

Las consecuencias de la guerra

Cuando llegamos todos estaban bien de salud, pero ahora su situación está empeorando rápidamente, sobre todo en cuanto a la salud de los niños. No pueden dormir bien porque tienen que dormir en el suelo, y todos están hambrientos.

Zaina, la hija de Riziki, de 9 años, murió aquí hace un mes, mientras vivían en la escuela. Me dice:

“No sé lo que pasó. Sencillamente, una noche se murió. Estoy destrozada. Cuando llegué aquí con mi pequeña, lo hice para protegerla del conflicto. Soy su madre, era mi deber protegerla, y en cambio se muere aquí, en un lugar donde se supone íbamos a estar a salvo.”

“No tengo nada que me ayuda a recordarla, solo los recuerdos que guardo en la cabeza. Cuando pienso en ella la recuerdo como una niña siempre feliz; cantaba muy bien, siempre estaba cantando –en la iglesia, en casa. Le gustaba hacer reír a los demás, siempre estaba contando chistes, y la casa siempre estaba alegre cuando estaba ella. Cuando miro a mi marido o a mis otros hijos, veo la cara de Zaina. Se parecía a mi marido.”

¿Exigiría también justicia?

Tras escuchar la historia de Riziki, y muchas más muy parecidas, no he podido dejar de pensar en qué haría yo sin aquellas personas a las que realmente quiero. ¿Sería capaz de aceptar que fueran meras estadísticas, daños colaterales en una guerra en que incluso aquellos que se supone deberían protegernos no lo hacen? ¿O exigiría también justicia?

Si los encargados de tomar las decisiones preguntaran a Riziki a mí, estoy seguro que diríamos que nos gustaría ser nosotros mismos los que decidiéramos sobre nuestra propia vida, sobre la vida de aquellas personas a las que queremos. Estoy seguro que preguntaríamos a esas mismas personas hasta dónde estarían dispuestas a llegar ellas por su país. Pero sobre todo lo que querríamos saber es: ¿qué puede hacer una persona por recuperar a su ser más querido, cuando aquellos que más les importan ya no están?

Actúa ahora ante esta situación y firma la petición de Oxfam " Detengamos la masacre en Congo"

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