En Copenhagen

Ya estoy en Copenhague. Ya estamos. Desde hace unos días estamos llegando miembros de Oxfam de todo el mundo. A algunos ya los conocía de otras “batallas”, como la reciente reunión en Barcelona. Otros pasan por fin de ser un remite de email a tener una cara. No ha comenzado aún la cumbre y el fin de semana ya está siendo frenético de preparativos, reuniones, compartir información, repartir tareas…

El fin de semana está siendo ya movidito de novedades. Quizá lo más relevante ha sido el anuncio de Obama de que vendrá el 18 de diciembre. Su idea inicial era pasar fugazmente por Copenhague el día 9 en plan “si pestañeas no lo ves”, cuando no iban a estar ni los ministros. Ahora ha anunciado que cambia la fecha y estará el día de la clausura junto con decenas de jefes de estado y de gobierno. La señal es clara, en las múltiples conversaciones previas EEUU se ha asegurado que la posición de China e India permite asegurar que se llegará a algún tipo de acuerdo, de manera que el presidente norteamericano, junto con otros líderes, tendrán algo que mostrar al mundo.

Pero más interesante aún es que el mensaje de la Casa Blanca reconoce por primera vez que EEUU está dispuesto a asumir la parte justa que le corresponda de las necesidades de financiación a corto plazo de los países en desarrollo y que en Copenhague tienen que abordarse, además, las necesidades de financiación a largo plazo de la lucha de los países pobres contra el cambio climático.

Sin embargo, tenemos que aumentar la presión, porque estos movimientos pueden conducirnos a una masiva operación de publicidad verde de los líderes mundiales: un acuerdo, sí, pero alejado de lo que se necesita. Y si todos los presidentes exhiben su satisfacción por tener un papel firmado, esa será la imagen de todos los medios, y la idea que se llevará la sociedad es que se logró el milagro. ¿Cómo podríamos las ONG cuestionar la euforia por un acuerdo, aunque esté lleno de lagunas? Ante el magnetismo de Obama y compañía ¿cómo conseguiríamos denunciar que las metas de reducción de emisiones sean muy insuficientes, o la insuficiente financiación (¡si las ONG por definición pedimos dinero siempre!), o que se llegaran a acordar métodos de medición de las emisiones que permitieran escaparse de reducciones ambiciosas a los países ricos? ¿Explicaría un telediario que la metodología de medición del cambio de uso del suelo y de los sumideros es demasiado flexible o daría el titular de que los líderes salvaron la cumbre?

Termino con un botón de muestra de cómo son estas negociaciones. Bernaditas de Castro (conocida como Ditas), es una diplomática jubilada filipina que ha participado durante los últimos años en las negociaciones formando parte de la delegación oficial de su país. Su brillantez y su compromiso con los más pobres le han hecho jugar un papel de liderazgo crucial en el grupo de países empobrecidos (el llamado G77). Un papel que es muy incómodo para los países industrializados. Bueno, pues el pasado noviembre la Secretaria de Estado Clinton visitó Filipinas. Esta misma semana, la presidenta de este país, Gloria Arroyo, decidió que Ditas fuera excluida de la delegación oficial filipina. ¿Una casualidad o un ejemplo de la presión diplomática del fuerte al débil?

Afortunadamente, Sudán ha anunciado que incluye en su delegación oficial a Ditas. Llegará el lunes a Copenhague.

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