Trabajadores con ganas, pero poco trabajo

“En Haití, cada uno se aprovecha de lo que puede”.

Así es como Wilgens Jean-Baptiste resume el panorama laboral en la nación más pobre del hemisferio occidental: un descontrol en el que todo es posible para poner un plato de comida en la mesa para alimentar a tu familia.

El martes, para Jean-Baptiste, eso significaba dejar su campamento en la calle Rue Tirmasse y trasladarse hasta Petionville Club, en donde decenas de miles de refugiados de Puerto Príncipe viven entre un mar de chozas improvisadas desde que el terremoto destruyó sus hogares. La madre y dos hermanas de Jean-Baptiste están todavía enterradas en los escombros de su casa familiar.

“Vine a buscar un trabajo”, dijo en inglés. “Me dijeron que buscabais traductores”.

Pero la competencia era feroz. En un muro sobre el campo de golf del club estaban sentados otros cuatro intérpretes. En su pecho lucían un pedazo cinta de color rosa brillante con sus nombres garabateados. Lo hacían para que todos viesen que buscaban ayudar a los empleados de las agencias humanitarias que pudieran estar teniendo problemas con el francés o el criollo, las dos lenguas locales.

“Aquí, en Haití, terminas la Universidad pero te vas a casa a sentarte porque no tienes trabajo”, confesó Jean-Baptiste.

Esa es la situación a la que se enfrentó Maxo Exilian desde que terminó su carrera universitaria de contabilidad en 2008.

“Tengo 27 años y todavía no he trabajado nunca”, declara. “Busco trabajo, pero no aparece nada”.

Estaba esperando, como tantos otros ese martes, cerca de las duchas y letrinas que Oxfam está construyendo junto al perímetro del campo. En una iniciativa de dinero por trabajo, Oxfam contrató a 160 personas para ayudar a construir los agujeros de los inodoros y limpiar el campo, aportando así el dinero que tantos hombres y mujeres se esfuerzan por conseguir para poder satisfacer las necesidades de sus familias.

Armados con rastrillos y escobas, las brigadas de limpieza comenzaron a despejar las ingentes cantidades de basura y excrementos acumulados durante estas dos semanas en el campo. Otros trabajadores, con picos, palas y martillos, continúan construyendo las letrinas y las duchas. Y en todas partes, escabulléndose entre los trabajadores, carretillas rosas cargan con tierra arenosa o basura.

Un comité constituido por residentes del campo escogió a la mayor parte de los contratados, hombres y mujeres que ganan unos 200 gourdes al día (unos 4 euros) por sus esfuerzos, y otros 50 gourdes para comprarse algo para comer al mediodía. Pero un sinfín de hombres paran aquí en busca de trabajo.“Soy electricista. Hablo inglés”, rogaba uno.

“Tío, tengo que trabajar”, decía otro, con expresión seria, que vino dos veces a contar su caso.

Uno sacó su DNI para mostrar su nombre, y una riada de hombres apareció ondeando sus DNI en sus manos también, esperando encontrar trabajo, cualquier trabajo.

No tenía ninguno.

Y ahí es donde aparece la loca frustración de una respuesta a una emergencia: a pesar de los desafíos, los grupos de ayuda normalmente satisfacen los requisitos básicos de alimentación, agua y refugio de la gente. Pero lo que no pueden hacer sin preparación, al menos no en gran volumen, es brindar el trabajo estable que tantos necesitan para satisfacer sus propias necesidades.

Eso llega más tarde. Ayudar a la gente o recuperar sus medios de vida es un proceso lento. Y es allí en donde Maxo Exilien podrá encontrar su resquicio de esperanza en este desastre.

“Ojalá que Haití cambie” me decía. “Si Haití cambia, podré encontrar un trabajo. Quiero cosas buenas para mi país”.

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