Una familia con 17 huéspedes, la lucha por sobrevivir continúa en Haití

En la localidad de Saint Michel, la familia de los Perard ha abierto sus puertas a una multitud de parientes y amigos que huyeron de la capital destruida. La escritora y periodista Coco McCabe ha ido a visitarles.

Jenny, de siete años, y Sarah, de ocho, están sentadas lado a lado, hundidas en el relleno de una gran butaca amarilla. Me dirigen una mirada sombría y los pies les cuelgan del suelo. Como tienen el pelo recogido con dos lazos rojos iguales, se podría pensar que son hermanas, y es que en cierta manera lo son. Pero no es la sangre lo que las une, es el dolor compartido: ambas perdieron a sus madres en el terremoto que en enero paralizó Haití y en el que murieron 230.000 personas.

Al igual que miles y miles de supervivientes, Jenny y Sarah huyeron de las ruinas de Puerto Príncipe y se fueron a buscar cobijo en el campo, haciéndose hueco entre las familias y amigos, de los que llevan dependiendo durante semanas, y hasta meses, después del desastre.

Estamos a primeros de mayo, y las niñas están entre los diecisiete parientes y amigos a los que Jean Claude y Rose Marie Perard acogen en su casa de Saint Michel, a cuatro horas por carretera de la capital. Antes del terremoto, esta familia estaba compuesta por nueve personas, pero ahora son veintiséis, entre ellos muchos niños. Todos se amontonan en las pequeñas habitaciones y el patio de la casa de los Perard.

"Cada día nos las arreglamos como podemos", dice Rose Marie.

Este estribillo está en boca de muchos haitianos en las distintas provincias escarpadas del país más pobre del hemisferio occidental, donde la gente abre sus puertas y comparten lo poco que tienen.

No obstante, en esta tarde sofocante en el salón de la casa de los Perard, se nota la tensión de algunos de los miembros de la familia. Están pensando en las ONG, las organizaciones no gubernamentales que ya antes del terremoto ofrecían un mosaico de servicios básicos en educación, atención sanitaria y en el campo. Con miles de millones de dólares en sus arcas, las ONG han aumentado sus esfuerzos para responder a las necesidades de algunos de los tres millones de personas afectadas por el desastre. Algunos haitianos las acusan de haberse instalado en Haití para beneficio propio, y no para ayudarlos, y ponen en duda si realmente los proyectos que las organizaciones de ayuda humanitaria están lanzando traerán ventajas a largo plazo.

Lo que Oxfam pretende es lograr cambios sostenibles, esto es, proporcionar conocimientos y destrezas con los que la población pueda garantizar su propio crecimiento y éxito. Esto supone un compromiso a largo plazo, que empodere a las comunidades y las ayude a cubrir sus necesidades por sí mismas.

Dos comidas al día

En los meses de calor que se aproximan, todo depende de lo que Rose Marie, como madre, traiga a este hogar tan poblado. Tiene que hacer maravillas con el presupuesto, sea tomando dinero prestado o pidiendo ayuda a sus amistades. Rose Marie recibe un pequeño salario mensual del ministerio de salud, para el que trabaja cinco días a la semana como técnico de laboratorio. Su marido tiene un puesto del gobierno y es un gerente municipal en Saint Michel.

El hecho de que los Perard tengan un salario los sitúa dentro de una minoría entre los haitianos que, según algunos cálculos, se enfrentan a una tasa de desempleo de hasta un 70%. Pero como tienen que alimentar veintiséis bocas y contribuir a la educación de un montón de niños, los salarios de los Perard no llegan para mucho.

"Compro la comida a plazos y, cuando me dan la paga, lo abono todo de una vez", comenta Rose Marie, y añade que en su casa solo se comen dos comidas al día. Cuando llega la noche, todo el mundo se tumba donde haya un sitio, algunos en las camas, otros sobre el suelo.

Se acabó el arroz

Un chaparrón inesperado martillea el tejado metálico de un pequeño molino en Verrettes, una localidad a unas cuantas horas de Saint Michel. La lluvia silencia las voces de trece hombres y mujeres quienes, sentados en una penumbra calurosa, levantan el brazo para contar su historia: todos menos uno han estado apoyando a gente de Puerto Príncipe, y el arroz y todas las otras semillas que iban a plantar se han ido a los que huyeron de la capital. Rony Charles acoge a cuatro familiares de su mujer; Pierre Riguens tenía a cinco hermanas, que ahora se han quedado en cuatro, y un primo. Por su parte, Simadieu Descombes está acogiendo a siete.

Con la llegada de la época de la siembra, y sin tener semillas que cultivar, los granjeros confían en poder acceder a algún microcrédito que los saque del paso. Como me explica Charles, lo que su comunidad necesita es elevar los niveles de producción agrícolas. La creación de nuevos puestos de trabajo también está en la lista de prioridades.

Con la mirada en el futuro

Aunque parece ser que algunas personas están volviendo a la capital, Anouce Myrtil predice que muchos otros encontrarán más fácil quedarse en el campo.

Sentado en el lugar donde Oxfam está colaborando en la construcción de un nuevo molino para la caña de azúcar en la comunidad de Lacedras, próxima a Saint Michel, Anouce añade: "Aunque Puerto Príncipe tuviera las calles doradas, nadie podría vivir allí tranquilo debido al miedo". El molino forma parte de varias iniciativas a pequeña escala diseñadas para potenciar el desarrollo económico y mejorar la producción agrícola en la región. Estas prioridades son vitales ahora que Haití está luchando por superar la devastación del terremoto e intenta reconstruirse sobre una base sólida.

En Haití, un país donde la agricultura da empleo a dos tercios de la mano de obra pero solo produce el 28% del PIB, la modernización de la agricultura y la expansión de las oportunidades de producción son fundamentales para la reconstrucción del país.

Más información

Mapa de la respuesta humanitaria de Oxfam en Haití

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