El conflicto de los refugiados de Malí: es hora de intensificar la ayuda humanitaria

Caroline Baudot, asesora de políticas humanitarias, describe sus experiencias trabajando con Oxfam en campos de Mauritania, Burkina Faso y Níger que acogen a refugiados que huyen del conflicto de Malí.

Para muchos europeos, el conflicto de Malí y la crisis de los rehenes de Argelia parecen haber surgido de la nada. He trabajado en los países colindantes con Malí durante meses. Los sucesos ocurridos en las últimas semanas me sorprendieron, pero sé que tienen unas raíces muy profundas en la historia de Malí y se remontan a hace décadas. Desde el conflicto, la gente de Malí y los refugiados sufren terriblemente y, sobre todo, padecen grandes penurias debido a una grave crisis alimentaria que afectó a esta parte de África Occidental en 2012.

Ya el año pasado, 375.000 personas se vieron obligadas a huir del conflicto. De ellos, 147.000 (mujeres y niños en su mayoría), escaparon a zonas remotas de los países vecinos, Burkina Faso, Mauritania y Níger. 

Tras la intensificación de la lucha a comienzos de este año, hemos visto que al menos 11.000 personas más han abandonado sus hogares y es probable que el número aumente. En la propia Malí, hombres, mujeres y niños corren cada vez más riesgo  a medida que la lucha aumenta y  se esfuerzan para encontrar  alimento suficiente. Todo esto se olvida fácilmente detrás de  las prioridades de la estrategia militar internacional y la lucha contra el terrorismo.

En el campo de Mentao conocí a una joven inspiradora, llamada Bintou. Antes de huir de Malí había estudiado ingles en Tombuctú y miraba al futuro con ansia. Ahora está preocupada por haber abandonado los estudios. Cuando le pregunté cómo había cambiado su vida desde que era una refugiada, se echó a reír (aunque podía apreciar que, de la misma manera, podría haberse echado a llorar). Me describió su hogar; tenía una buena casa, con paredes de cemento, varias habitaciones y un techo, en la legendaria ciudad de Tombuctú.

Su hogar actual, en comparación, resultaba muy austero: en los campamentos, la gente vive en refugios y tiendas endebles en un entorno tan duro e implacable como es el desierto del Sahel. Hay pocos árboles que den sombra y el agua escasea. En verano el calor es abrasador. Durante la temporada de lluvias, el agua y el viento golpean estos refugios improvisados, expuestos a los elementos. Durante mi estancia en Mentao, un aguacero inundó el campo en apenas unos minutos. 

«Mi vida entera ha cambiado», explicaba Bintou. «No me gusta lo que me ha ocurrido. No quiero estar aquí por mucho tiempo. Vivía en buenas condiciones, estaba estudiando, tenía planes y esperanza. Aquí no hay estudios, ni actividades, ni esperanza. No hay nada que hacer. Veo a mí alrededor a niños y jóvenes que conocía de antes, cuando trabajaba en ONG; entonces a los niños los trataban bien pero aquí caminan descalzos, no van a la escuela ni están bien alimentados. Me duele ver esto.»

En los campos situados junto a la frontera de Burkina Faso con Malí mis supervisores nunca me permitieron pasar la noche, ni siquiera en las bases de Oxfam cercanas. Pensaban que sería demasiado peligroso, que yo, una mujer occidental (francesa) y blanca, podría estar en el punto de mira. Ahora esas zonas cercanas a Malí son aún más inseguras. Los grupos armados de Malí están en la frontera y, por lo que escuchamos, buscan a los niños refugiados para unirlos a sus filas.

La falta de seguridad ha llevado ya a los cooperantes a abandonar algunas zonas, haciendo aún más difícil conseguir ayuda para los necesitados, aunque la ayuda básica sigue llegando. Para un país como Burkina Faso, que ha sido tradicionalmente pacifico, supone toda una conmoción descubrir que los cooperantes extranjeros no pueden viajar seguros.

¿Resolverá esto la actual intervención militar en Malí? Ciertamente, no por sí sola. Lo que me marcó al hablar con los refugiados de Malí es que muchos de ellos están hartos y cansados de huir del país una y otra vez desde hace 20 años. Esta vez no están preparados para volver a casa hasta que la profunda crisis de su país se haya solucionado de verdad. 

Bintou me dijo: «Quiero volver a Malí, pero con la seguridad de que haya una paz duradera. En 1993 estábamos aquí, en 1994 estábamos aquí. Hoy seguimos estando aquí. Somos refugiados todo el tiempo. Queremos que el problema de Malí se solucione de una vez por todas». 

Esto significaría un «gobierno justo» en Malí. De esta manera, cada rincón del país vería que el gobierno representa sus intereses. Malí es más pobre que el ochenta por ciento de los países del mundo. No hay una solución rápida, pero necesita al menos un acuerdo político para que cada comunidad mantenga la fe en que el estado busca el desarrollo para todos. 

Como el mundo ha aprendido en muchos otros lugares, Afganistán en particular, esto significa mucho más que luchar contra los insurgentes, y llevará mucho más tiempo. Y esto, me temo, significará que la mayoría de los refugiados de Malí, probablemente, no podrán volver pronto. De hecho, este año la violencia podría enviar a muchos más al otro lado de la frontera. En los países vecinos tendremos, pues, que estar preparados para ayudarles durante un tiempo considerable y apoyar a las decenas de miles de personas necesitadas dentro del propio Malí.

Esta es la bofetada de realidad sobre la que advierto en el Informe de Oxfam publicado esta semana. La ayuda humanitaria ha servido de mucho, pero no lo suficiente. En los campos de Níger, uno de cada cinco niños está desnutrido. Nosotros, las agencias de cooperación, al igual que los gobiernos, tenemos que ofrecer un mecanismo para prepararnos para lo que, con probabilidad, será una crisis de refugiados que podría ser mayor y más larga de lo previsto.

Publicado originalmente por Oxfam GB Policy & Practice.

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Lee el informe (solo disponible en inglés y francés): Mali's Conflict Refugees: Responding to a Growing Crisis

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