Bolivia: ¿Cómo se sobrevive cuando sobra el agua?

Una granjera británica víctima de una gran inundación a principios de este año ve llover en la Amazonía boliviana. ¿Cómo se sobrevive cuando sobra el agua?

—¿Por qué será que llueve tanto? ¿Será por Dios? —se pregunta Olga Semo, arrugas como mapa viejo, 66 años, siete hijos (dos muertos), varios nietos que pululan a su alrededor con las sandalias rajadas, shorts delgaditos y el gesto pícaro de Bart Simpson. Se lo pregunta sentada plácidamente en Mangalito, en el departamento del Beni (Bolivia), a unos 16 kilómetros de la ciudad de Trinidad.

A principios de este año, cuando arremetió la inundación —el golpe de agua imprevisto que arrasó con una infinidad de cultivos y buena parte del hato ganadero—, los vecinos de Mangalito no tuvieron la necesidad de abandonar su comunidad: se transportaban de una casa a otra en canoa. Sus viviendas están “sobregiradas”, es decir, suspendidas sobre el suelo casi dos metros, y se han convertido en un refugio efectivo. Las hicieron de madera, con techo de calamina, y las asentaron sobre columnas macizas de concreto. Fueron construidas en su mayor parte con aportes del Gobierno Autónomo Municipal de Trinidad y la Fundación para el Desarrollo Participativo Comunitario, y cada una costó alrededor de 3.000 dólares, una mini fortuna para las 22 familias que siempre han dependido aquí de la pesca diaria.

¿Cómo sobreviven en Bolivia a los efectos de los fenómenos El Niño y La Niña?

Liz Crew, de 57 años, una granjera británica que también fue víctima de una inundación en fechas muy similares, examina ahora las estructuras con interés. Ella ha llegado a Mangalito como invitada de la organización Oxfam para protagonizar un documental que muestra  cómo sobreviven en Bolivia a los efectos de dos fenómenos —El Niño y La Niña— que no hemos acabado todavía de comprender del todo. Ha tardado en pisar la comunidad casi tres días (su trayecto: Londres, Miami, Santa Cruz de la Sierra, Trinidad).

Liz Crew granjera británica vive las inundaciones de Bolivia. Foto: Ález Ayala Ugarte

En su último libro, Martín Caparrós asegura que “hambruna” es la versión más brutal de la palabra “hambre”; y por asociación cualquiera pensaría lo propio de la palabra “inundación” en relación a la palabra “agua”. El poeta japonés Masaoka Shiki hacía énfasis en la soledad que lo invade todo en una planicie inundada. Y la periodista Josefina Licitra equipara las inundaciones (en este caso, argentinas) con el agua “mala”.

En Gran Bretaña también hay inundaciones como en Bolivia pero…

En Gran Bretaña, tras uno de los inviernos más húmedos de los últimos tiempos, el agua “mala” arrasó el área en la que vive Liz actualmente, y 80 de las 93 viviendas de su pueblo —muchas de ellas, bungalows— quedaron deshabitadas. En aquel pañuelo de tierra que hasta horas antes de la inundación era fecundo, el inventario del desastre no fue tan dramático como suele serlo en otras latitudes del planeta. Liz se vio obligada a vender sus ovejas, sus chanchos y sus aves de corral. Bastó con trasladar los muebles, los documentos y las cosas valiosas a la segunda planta de su hogar, habilitarla como guarida y esperar a que las bombas de drenaje hicieran lo suyo y el agua bajara: tardó en hacerlo más de dos meses.

En las selvas y las pampas del Beni, a principios de este año el agua “mala” fue un diluvio de grandes proporciones. Así es casi siempre aquí cuando ataca un aguacero. Pero esta vez se superaron todas las previsiones. En Trinidad —la principal ciudad— y sus alrededores, llovió casi el doble que el año pasado. En algunos parajes, sólo se veían las copas de los árboles. Muchos caminos desaparecieron bajo el enorme espejo de agua. Algunos poblados se convirtieron en islotes repentinamente. Y más del 80 por ciento de la superficie de esta franja amazónica —es decir, una extensión equivalente a un país del tamaño de Uruguay— experimentó las secuelas de los desbordamientos.

Aún y así, antes era peor

—Nosotros permanecimos varios meses con el agua alrededor. Faltaron como cuatro dedos para que se entrara —le cuenta a Liz en Mangalito Graciela Moye, polera escarlata, 36 años—. Pero antes era peor, antes a nuestros niños se les pudrían las patas. (Traducción: les salían sabañones, escaras y otros estigmas que nadie descifraba.)

En el Beni, en la temporada crítica, la lluvia es casi siempre una tromba fatídica, como cuando alguien abre un grifo y se olvida de cerrarlo durante horas. En las inundaciones de 2008 —que fueron más benévolas que las de este año, pero igual de inesperadas—, Trinidad se convirtió en un enorme campo de refugiados que algunos se atrevieron a comparar con los africanos en períodos de guerra.

Este año, la inundación fue aún más severa

Este año, la inundación fue aún más severa, y algunas imágenes se repitieron.—Yo tuve que huir con toda mi familia y refugiarme en una escuelita que acondicionaron las autoridades locales —explica Juan Choque, presidente de los piscicultores de los camellones del barrio Pedro Ignacio Muiba, un tipo fornido de 53 años—. Nos quedamos ahí como cuatro meses. No teníamos intimidad siquiera. Ojalá este año los diques del anillo protector no cedan. Parece que los han reforzado de nuevo.

Bolivia: Sobrepasados por la lluvia. Foto: Álex Ayala Ugarte

Soberanía, a media mañana

La sequía que azota el lugar desde hace unas semanas es, por momentos, una sucesión de escenas kafkianas: ramas que se deshacen entre los dedos cuando uno osa a tocarlas, grietas multiformes y profundas en el piso, sopor casi instantáneo, como cuando te inyectan un tranquilizante tras una crisis nerviosa.

La carpa en la que se celebran las reuniones de la comunidad es el único rincón semicubierto lo suficientemente amplio como para resistir el calor empalagoso de esta época, que se adhiere al cuerpo como las sanguijuelas en el campo a una piel herida.

A las 12:40 —y de repente— un puñado de nubes con ganas de fiesta aparece sobre nuestras cabezas. Liz mira hacia arriba ensimismada, casi ausente, como si acabara de despertar de un largo letargo. Segundos después, las lonas del techo suenan como si algo se rompiera, como si cayeran encima decenas de piedras chicas. Afuera, gotea. La tierra se empapa. El olor es el del pasto húmedo. Y la lluvia no se siente esta vez como una maldición excesiva que viene de lejos, sino como maná caído del cielo.

Publicado originalmente en EL PAIS el 5/12/2014, versión íntegra.

 

 

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