Luchas campesinas: 7 razones para hacerlas nuestras

El 17 de abril de 1996, 19 campesinos y campesinas perdieron la vida en un enfrentamiento con policías militares en Eldorado de Carajás, Brasil. En su memoria, la Vía Campesina declaró esa fecha como el día internacional de las luchas campesinas. Dos décadas después, los movimientos campesinos siguen trabajando por la soberanía alimentaria, la tierra y la solidaridad de los pueblos; por un sistema donde la vida sea lo principal. 

Y quizá no les parezca evidente a primera vista, pero sus demandas están relacionada con ustedes y conmigo. Para intentar demostrarlo —y ojalá ganar apoyos a esta causa— aquí van algunas razones por las que la lucha campesina podría ser nuestra lucha también.

1. Los campesinos, hombres y mujeres, tienen derecho a una vida digna y sin discriminación, a participar en el diseño y decisión de las políticas y a la soberanía alimentaria. A la tierra y el territorio, a decidir cuántos hijos tienen, a la integridad física: a no ser asediados, desalojados, perseguidos, arrestados arbitrariamente o asesinados por defender su causa. Sólo exigen que esto se cumpla. Los derechos humanos no son opcionales.  

2. La lucha por el acceso a tierra y semillas está vinculada con nuestro derecho a tener alimentos suficientes, para siempre. Sin campos para sembrar ni semillas para cosechar, millones de campesinos y campesinas pierden su trabajo y sus ingresos y millones de personas vemos amenazada nuestra alimentación. Todo está interconectado

3. Agua, bosques y semillas son patrimonio de los pueblos. Si su privatización y uso desmedido afecta a todo el mundo, garantizar su protección no es sólo responsabilidad del campesinado, también es nuestra. Somos parte de una cadena de solidaridad y lucha que empieza en selvas, lagunas y parcelas y se extiende por plazas, mercados, centros educativos, celulares y computadoras. La lucha no es delegable.

4. El campo no es sinónimo de pobreza y falta de oportunidades. En nuestras zonas rurales hay minerales, gas, petróleo, agua y grandes extensiones de tierra fértil. La presión de las empresas para explotar —a cualquier precio— esa riqueza, acaba expulsando a indígenas y campesinos hacia las ciudades, hacia la miseria (¿y hacia la extinción?). El campo no debe estar al servicio de unos pocos. 

5. El sistema alimentario —el conjunto de actividades que lleva la comida del campo a la mesa— está controlado por unas pocas empresas. “Sólo así habrá alimentos para todo el mundo”, nos dicen. Es una verdad a medias. Con políticas que potencien la pequeña producción y regulen el poder de las corporaciones, el campesinado podría producir más y mejor. La agricultura familiar puede ser un motor del desarrollo. 

6. Millones de personas en Latinoamérica venimos del mundo rural. Somos hijas y nietos de quienes se vieron forzados a dejarlo. Por el abandono del Estado, por guerras y dictaduras, por inundaciones y sequías, porque les quitaron la tierra y con ella su vida. Es hora de honrar su historia y su resistencia. Somos orgullosamente agrodescendientes.

 Millones de personas en Latinoamérica venimos del mundo rural.

7. Luchar con los demás es una de las formas más poderosas de expresar responsabilidad y afecto. Nos emociona, nos transforma y nos recuerda que cuando usamos nuestro poder suceden cosas increíbles. Déjense conmover y enamórense de esta causa. Ya lo dijo Cornel West: La justicia es como luce el amor en público.  

 

 

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