América Latina ante la encrucijada de la desaceleración

América Latina se encuentra ante la encrucijada de un cambio de época. Hemos visto más de una década de relativa bonanza con crecimiento económico y de un período de reducción de la pobreza y desigualdad sin precedentes para la región que -aún con estos avances-, sigue siendo la más desigual del mundo. Hoy la sostenibilidad de estos logros está en cuestión, el superciclo de los altos precios de materias primas se acabó, y desde 2012 va menguando la reducción de la pobreza y la desigualdad, e incluso en varios países estos indicadores empeoran.

Del 23 al 27 de mayo pasado estuve participando en el 36° período de sesiones de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) en México, en el que se analizó la desaceleración económica y el estancamiento en la reducción de la pobreza en la región y se planteó una visión para enfrentarla, llamada Horizontes 2030. Se realizó un seminario de alto nivel: La igualdad en el centro del desarrollo sostenible, en el que Alicia Bárcena explicó por qué el padrón actual de desarrollo dominante es insostenible, entre otras cosas, por el sesgo de decrecimiento y la persistencia de la desigualdad.

Resumiendo, la región está rezagada. El crecimiento económico promedio de la región no supera el 3% y el ciclo de inversión pública y privada que fue positivo entre 2003-2008 declina a partir de esa fecha. Brasil, que ha sido un motor para la región, ha entrado en recesión. También persisten los desequilibrios estructurales, y la reducción de la pobreza se estancó a partir del 2012 y no ha vuelto a repuntar y después de lograr por primera vez reducir la desigualdad, esta ha llegado a una meseta; a pesar de avances en el reconocimiento de los derechos de las mujeres hay grandes brechas en el mercado laboral. Las mujeres no tienen suficientes oportunidades de trabajo, les pagan menos, o no son pagadas por su trabajo, lo cual exacerba las desigualdades entre hombres y mujeres. Todo esto se complica por el cambio climático en una región que poco contribuye al problema, pero que se resiente al máximo por la extrema vulnerabilidad de sus ecosistemas.

Es ante este contexto que la visión de la CEPAL resulta tan importante. La agenda no es radical sino de sentido común. Parte de la centralidad del Estado en promover políticas de igualdad, la gobernanza de los recursos naturales, la transformación de los sistemas fiscales regresivos, y políticas públicas de largo aliento para el desarrollo económico, social y ambiental.Sin embargo hay grandes desafíos en la implementación. Ante la encrucijada de un nuevo ciclo de pobre crecimiento, en vez de seguir esta visión, parece que atestiguamos una tendencia contraria. De nuevo se escuchan las alertas neoliberales de la disciplina macroeconómica, del déficit fiscal, y de las políticas de austeridad. No hay recursos para esta agenda se dice. La memoria a mi edad a veces me falla, pero se me hace que esto lo he escuchado antes.

La semana del 13 de junio se celebrará la 46° Asamblea General de la Organización de Estados Americanos. Es un momento clave para enfrentar de otra manera esta encrucijada. El país anfitrión, Republica Dominicana, es una de los pocas naciones que sostiene altos niveles de crecimiento económico (7.1% de crecimiento anual en lo que va de 2016, según el Banco Central de ese país), e incluso, siendo importador de materias primas se beneficia relativamente de la bajada de precios de las mismas. Tal vez por esto, el Ministro de Economía, Planificación y Desarrollo de la República Dominicana, Temístocles Montás, no habló ni de desigualdad, ni de inequidad fiscal, ni de desarrollo sostenible en el seminario de la CEPAL. Un poco curioso en un evento cuyo lema era “La Igualdad en el Centro del Desarrollo Sostenible.” Al mismo tiempo que la República Dominicana celebra altos niveles de crecimiento, ha sido incapaz de traducir esto en una reducción de la pobreza y la desigualdad. Después de 10 años de crecimiento económico sostenido, los niveles de pobreza existentes en el país, todavía se aproximan a las cifras existentes para el año 2000. La pregunta que hay que hacerse es: ¿a dónde han ido a parar toda esta ingente cantidad de riqueza generada?

Para responder a este cuestionamiento debemos de partir del principio de que existen recursos, pero concentrados en pocas manos. Entre 2002 y 2015 la fortuna de los milmillonarios en América Latina y el Caribe incrementó a una tasa anual promedio de 21%, un crecimiento 6 veces superior al PIB de la región. Oxfam conjuntamente con la CEPAL ha lanzado un reporte que insta a los países de la región a empujar reformas fiscales más progresivas. También resulta impostergable combatir la evasión fiscal, donde, según la CEPAL se pierde el equivalente al 6.3% del PIB regional, unos 320 mil millones de dólares.

Es cierto que hay una realidad heterogénea en América Latina y es difícil comparar a los países por su situación estructural, histórica y cultural, pero la reducción de la desigualdad debe ser la barra con que se mide el éxito de todos los países. Según me acuerdo, la última vez que se planteó apretar los cinturones y aplicar políticas de austeridad, fueron los pobres los que más lo sufrieron y la desigualdad aumentó.

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