Madres que trabajan: ¡merecen mucho más que rosas!

Entrada escrita por Sandrine Muir-Bouchard, asesora en comunicaciones y campañas de Oxfam en Bolivia.

Una amiga acaba de dar a luz y no puedo dejar de pensar en cuanto valor tiene. Por ella y por todas las madres trabajadoras, ¡levanto mi sombrero!

Cuando me comentó que estaba esperando gemelos, mi reacción fue de alegría total. El anuncio de una nueva vida siempre es una bendición, ¡y ahora era doble! Pasada la sorpresa, no pude dejar de pensar: “¡Vaya! ¡Qué valor tiene!”

Esto lo pensé porque ser mamá y trabajar al mismo tiempo implica un sacrificio y una carga enormes, aun en 2018. Especialmente en un país como Bolivia, donde las políticas públicas en materia de corresponsabilidad del cuidado son prácticamente inexistentes, y una gran mayoría de hombres sigue jugando al avestruz, metiendo la cabeza en la tierra.

Mujeres aún llevan mayor carga de las tareas del hogar

Bolivia ha reducido considerablemente sus niveles de pobreza, pero la brecha de género ha quedado prácticamente intacta. Es el país de América Latina con mayor participación laboral femenina (66.6%), pero a las mujeres aún se les paga menos que a los hombres por hacer el mismo trabajo (50% menos, según ONU Mujeres). Además, las mujeres de entre 20 y 39 años de edad se insertan mucho menos en el mercado laboral que los hombres de la misma edad, y la feminización de la pobreza se intensifica durante esta etapa de la vida (Encuesta de Hogares, 2015).

¿Las mujeres se quedan en casa para formar una familia porque no hay servicios universales de cuidado de calidad? ¿Los empleadores no las contratan para evitar lidiar con bajas de maternidad? Aún no lo sabemos. Pero lo que sí sabemos es que las mujeres son las que mayoritariamente se dedican a las tareas del trabajo doméstico y de cuidado, como cuidar a los niños y las niñas, adultos mayores y personas enfermas.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Discriminación y Exclusión Social publicada por la Coordinadora de la Mujer, tan solo el 15% de las madres entrevistadas (de todos los niveles socioeconómicos y de todas las edades) señala que tanto la mujer como el hombre se involucran en el cuidado de los hijos e hijas. En 46% de los casos, esta responsabilidad recae única y exclusivamente en la mujer (y en menos del 1% de los casos, el hombre asume la responsabilidad de las tareas de cuidado). Respecto al trabajo doméstico, la realidad es muy similar: el 50% de las mujeres entrevistadas se dedica exclusivamente a estas labores, en 5% de los casos lo hacen ambos y en menos del 1% las realiza solo el hombre.

La economía invisible de las mujeres 

El trabajo doméstico y de cuidado constituye lo que llamamos la “economía del cuidado”; se trata de trabajos y tareas invisibilizadas que ni siquiera son consideradas en las encuestas del Instituto Nacional de Estadística de Bolivia. Sin embargo, podemos tener una primera aproximación a esta realidad a través de la Encuesta Mundial de Valores (2017), que pinta una sociedad mucho más conservadora de lo que quisiera aparentar.

Más del 65% de las personas encuestadas señaló estar de acuerdo con las siguientes afirmaciones: “cuando una madre trabaja, sus hijos sufren” y “ser ama de casa es tan gratificante como trabajar afuera”. En comparación con otros países sudamericanos, Bolivia tiene los valores más conservadores respecto al supuesto efecto negativo del trabajo de las mujeres sobre sus hijos e hijas. La encuesta concluye, a justo título, que “esto parece confirmar que la sociedad boliviana hace muy poco para distribuir las responsabilidades de cuidado entre hombres y mujeres […] lo que, en definitiva, favorece a que se perpetúen los roles de género tradicionales.”

Estas cifras contrastan fuertemente con la aceptación general de que las mujeres pueden ocupar cargos públicos o un empleo remunerado. En otras palabras, quiere decir que las mujeres pueden trabajar, pero a condición de no descuidar las tareas del hogar. Y las primeras en sentirse culpables, son las propias mujeres.

¡Merecen mucho más que unas rosas!

Mi amiga tiene suerte. Tiene un esposo comprehensivo y un empleador flexible. También tiene un buen sueldo comparado con la media nacional, y con el ingreso de los dos pueden contratar los servicios de una trabajadora del hogar a tiempo parcial para que ella se encargue de algunas de las labores de la casa. Y aun así, hay días en que siente que el mundo se le viene encima.

Yo la comprendo. Aunque quisiera con su esposo encarnar este “nuevo modelo” de padres modernos, la sociedad boliviana vigila cada una de sus acciones, felicitando a su esposo por “ayudar tanto” y juzgándola a ella por no hacer más. ¿No será tiempo de darle vuelta al pasado y construir juntos una sociedad inclusiva, en la que se comparten las tareas de reproducción entre hombres y mujeres, entre la familia y el Estado?

Mientras tanto, en este Día de las Madres, a mi amiga y a las madres trabajadoras les digo: ¡Merecen mucho más que unas rosas! ¿Nos unimos para crear entre todos y todas una sociedad más justa?

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