7 cosas que quizás no sabías acerca de los huracanes

Entrada escrita por Gloria García Parra, coordinadora regional de resiliencia y de la Unidad Humanitaria de Oxfam en América Latina y el Caribe.

1. Hay una diferencia entre una depresión tropical, una tormenta tropical y un huracán.
La diferencia entre una depresión tropical, una tormenta tropical y un huracán es la velocidad del viento. Las depresiones tropicales suelen traer vientos de hasta 62 km/h y las tormentas tropicales de 63 a 117 km/h, mientras que la velocidad de los vientos del huracán alcanza por lo menos 119 km/h.

2. Los huracanes se clasifican en 5 categorías.
La escala Saffir-Simpson, que fue desarrollada en 1969 por el ingeniero Herbert Saffir y el ex director del Centro Nacional de Huracanes de los Estados Unidos Bob Simpson, clasifica los huracanes en cinco categorías según la intensidad del viento. En la medida en que la velocidad de los vientos y el potencial para causar daños se incrementan, el huracán va cambiando de categoría.

Huracán categoría 1: 119-153 km/h (Agnes, Boris y Cosme)
Huracán categoría 2: 154-177 km/h (Diana, Irene y Fabio)
Huracán categoría 3: 178-209 km/h (Alberto, Sandy y Otto)
Huracán categoría 4: 210-249 km/h (Katia, José y Harvey)
Huracán categoría 5: ≥250 km/h (Mitch, Katrina, Matthew e Irma)

3. Hasta 1979, ninguna tormenta tropical o huracán llevó el nombre de un hombre.
Anteriormente, se bautizaba a los huracanes de acuerdo con el santo del día en que causaban su mayor destrucción. Por ejemplo, el huracán Santa Ana azotó Puerto Rico el 26 de julio de 1825, y por eso recibió ese nombre.

La práctica de dar nombres de personas a los huracanes fue introducida por el meteorólogo británico Clement Wragge, quien utilizaba nombre femeninos, de políticos que le disgustaban y también nombres mitológicos. Cuando, en 1953, el Centro Nacional de Huracanes de los Estados Unidos comenzó a dar nombres oficiales a los huracanes, sólo se elegían nombres femeninos. Y así fue hasta 1979, el año en que se reconoció que no sólo las mujeres debían ser sinónimo de devastación y en que un huracán fue llamado “Bob”. ¡Ya era tiempo!

Hoy, los nombres de los huracanes son elegidos por la Organización Meteorológica Mundial, que elabora una lista con 21 nombres de hombres y mujeres en inglés, francés y español, en orden alfabético (no se aceptan solicitudes de nombres, ¡aunque reciben cientos cada año!). Se omiten las letras Q, U, X, Y y Z porque son pocos los nombres con esas iniciales. Las listas de nombres se reciclan cada seis años (la lista de 2018 se repetirá en 2024), salvo los de huracanes que hayan sido “jubilados” por haber sido muy destructivos. Por ejemplo, nunca más habrá un huracán Katrina, Matthew o Irma.

En esta página del Centro Nacional de Huracanes pueden verse los nombres que se utilizarán este y los próximos cinco años, hasta el 2023.

4. Los huracanes que ocurren a partir de septiembre son los más peligrosos.
Las tormentas tropicales y los huracanes son peligrosos porque tienen vientos fuertes que pueden destruir casas, derribar árboles, elevar el oleaje y también porque llevan consigo lluvias intensas que causan inundaciones súbitas. Históricamente los huracanes más peligrosos son los que ocurren a partir de septiembre. Vienen de la temporada más calurosa del mar y además, llegan luego de otros eventos similares, por lo que las cuencas de los ríos están ya muy cargadas y los suelos muy saturados de agua. Hace 20 años, Centroamérica fue azotada por el huracán Mitch, uno más peligrosos de la historia moderna, dejando más de 18,000 muertes y billonarias pérdidas.

5. Hay más huracanes a causa del cambio climático.
El cambio climático ha ido incrementando poco a poco la temperatura del océano y eso ha incrementado el número de huracanes durante cada temporada ciclónica, así como también, la fuerza e intensidad de estos. Aun así, estos son de los eventos climáticos con mejor tecnología para ser pronosticados. Se puede saber con anticipación en dónde se forman, se hacen modelos de su trayectoria, velocidad, intensidad y duración, y por esta razón nadie debería perecer durante un huracán. Sin embargo, cada año la temporada ciclónica deja fallecidos en los países del Caribe y Centroamérica por la falta de preparación y prevención.

7. Es posible salvar vidas.
Los sistemas de alerta temprana, la preparación comunitaria, la acción de gobiernos y de organizaciones locales son la clave para salvar vidas. La información oportuna y la toma de decisiones rápidas y acertadas permiten que las personas que viven en la trayectoria de los huracanes sufran menos pérdidas y puedan resguardarse en los lugares seguros durante el paso de los mismos. La pobreza y desigualdad convierten los huracanes en eventos climatológicos peligrosos para las personas.

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