Meses después de la devastadora erupción del Volcán de Fuego, las comunidades siguen buscando seguridad

En Guatemala los habitantes de pueblos enterrados en lava y cenizas, y otros que sufren peligro de deslizamientos de tierra, están evacuando sus casas y buscando refugio en ciudades cercanas.

Entrada escrita originalmente en inglés por Chris Hufstader. Fotos: James Rodríguez/Panos para Oxfam

El cielo se oscureció en las ciudades cercanas al Volcán de Fuego en el sur de Guatemala el 3 de junio. Glendi Toma, de 22 años, estaba trabajando en la cercana ciudad de Escuintla cuando recibió una llamada telefónica de su esposo, Henry, diciéndole que el volcán estaba en erupción, lanzando rocas al aire.

Glendi llamó a su madre, quien estaba cuidando a sus dos hijos pequeños en San Miguel Los Lotes, en lo alto de la ladera sur. "Le dije que huyera, porque llovían piedras. Cuando me dijo que no podían salir, que esperaban la voluntad de Dios, le pedí que cuidara a los niños".

La ciudad fue sepultada por lava, rocas y ceniza caliente. Glendi visitó todos los refugios de Escuintla, pero no pudo encontrar más que unos pocos sobrevivientes de Los Lotes. Cuando finalmente regresó a Los Lotes, encontró a su hermano muerto y medio enterrado en la ceniza que ahora cubría su casa. "Cuando lo vi, comprendí que mis hijos habían muerto", dijo. En total, Glendi perdió a 13 miembros de su familia y todavía está intentando encontrar los cuerpos de alrededor de la mitad de ellos.

Un desastre mortífero

La erupción del Volcán de Fuego emitió flujo piroclástico, una mezcla caliente mortífera de ceniza, rocas, gas venenoso y lava. La Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (CONRED) informó inicialmente que 113 personas habían muerto, pero que muchas otras habían desaparecido, y que los refugios cercanos albergaban a 3,600 personas (las cifras estuvieron basadas en censos de la población local y estimaciones del número promedio de personas por familia). Más de un mes después de la erupción, la CONRED aumentó su cálculo del número de muertes a 332, pero otros grupos humanitarios estimaron que murió un número casi 10 veces mayor de personas.

Las autoridades han pedido a los residentes de El Rodeo que evacuen debido al riesgo de que fuertes lluvias arrastren escombros a la ciudad, y debido a que el sistema de agua fue cortado por la erupción volcánica.

Oxfam brindó asistencia a personas que huían de sus hogares y buscaban refugio en Escuintla y otras comunidades al pie del volcán, proporcionando kits de higiene (con jabón, cepillos de dientes, pasta de dientes, papel higiénico, artículos sanitarios para mujeres y pañales para bebés) a 2,640 familias.

Alrededor del mismo número de personas también recibió kits de cocina (ollas, sartenes y utensilios), así como 550 filtros portátiles de agua. Oxfam también está proporcionando semillas (maíz y frijoles) y herramientas para ayudar a 3,300 agricultores afectados a reiniciar su trabajo agrícola durante la temporada de lluvias, y también distribuirá aproximadamente USD 40 en efectivo a 2,100 familias, lo que les ayudará a satisfacer sus necesidades inmediatas.

Buscando refugio

Familias de La Trinidad esperan que se les asigne un lugar en el gimnasio municipal de Escuintla.Familias de La Trinidad esperan que se les asigne un lugar en el gimnasio municipal de Escuintla.

Irma Yolanda Harrarte de Dabón dice que Oxfam entregó kits de higiene y unos 24 filtros de agua a la escuela primaria Murray D. Lincoln, donde es directora. Al llegar a trabajar la mañana después de la erupción encontró a más de 100 personas, muchas de ellas quemadas, que buscaban refugio en la escuela. Un mes más tarde, 80 de esas personas siguen viviendo en los salones de clases, compartiendo dos duchas y todas las tareas de limpieza y cocina. Los alumnos se reúnen en carpas en la parte de afuera de las instalaciones escolares. La oficina de la enfermera de la escuela es ahora una farmacia, con personal de la Cruz Roja atendiendo las 24 horas del día.

"Tuvimos que encontrarles ropa, sábanas, mantas y colchones... no teníamos nada", dice y agrega que pidieron a los peluqueros del vecindario que vinieran a ayudar a los sobrevivientes cuyo cabello había sido quemado.

La ayuda llegó de todas partes, y ahora tienen un gran contenedor para guardar todo estacionado en la calle frente a la escuela, y un congelador recientemente donado para almacenar alimentos. Irma dice que la mayoría de la ayuda provino de fuentes privadas, grupos no gubernamentales y grupos religiosos.

Oxfam también proporcionó una cocina a gas grande con tres hornillas para preparar alimentos para y hervir agua para esterilizar biberones.

Edwin López, de 35 años, casado y padre de tres niñas que ahora viven en la escuela Lincoln, dice que cada uno de los salones tiene su propio filtro de agua e insta a todas las familias a filtrar el agua antes de beberla. "Cuando las personas recién llegaron tenían problemas estomacales", dijo. "Pero ahora la cosa está mejorando".

Varias familias viven en salones de la escuela, donde duermen en colchones sobre el piso. Las paredes están cubiertas con lecciones de español e inglés y el arte de los alumnos. Una de las hijas López, Nicole de 6 años, mira dibujos animados en un pequeño televisor y come un plátano. Afuera, un niño apenas lo suficientemente mayor como para caminar sostiene un palo del tamaño de un lápiz y golpea un caramelo suspendido de una cuerda.

Edwin es un líder de las familias que viven en el refugio. Los representa en reuniones con quienes proporcionan asistencia e intenta garantizar que todos tengan alimentos, agua potable y la ayuda que necesiten. Es una de las pocas personas que tiene un carro, así que también funciona como chofer de ambulancia. Ha tenido que hacer varios viajes al hospital, el más reciente con un bebé con asma severa que dejó de respirar en medio de la noche.

"Oscureció como si fuera la medianoche"

Edwin López y su esposa Erika, e hijas Masiel (1), Melanie (11) y Nicole (6) en el salón de clases donde viven temporalmente.Edwin López y su esposa Erika, e hijas Masiel (1), Melanie (11) y Nicole (6) en el salón de clases donde viven temporalmente.

Edwin y la mayoría de los demás refugiados en la escuela Lincoln son de El Rodeo, a poca distancia de San Miguel Los Lotes. El día de la erupción, él y su familia se estaban preparando para celebrar el primer cumpleaños de su hija menor, apurándose para recoger la torta y poniendo caramelos en la piñata, cuando notaron que salía ceniza del volcán y lo escucharon retumbar.

"Por lo general no le prestamos atención, pero hizo erupción durante horas, y cuando las cenizas cayeron tuvimos que irnos. Oscureció como si fuera la medianoche, y pudimos salir con las justas", dijo. "Regresé a Los Lotes para buscar a mis primos y vi a mucha gente quemándose –mujeres y niños en el suelo en llamas– y tuve que correr sobre el techo de una casa para escapar de la lava. Había como gelatina caliente en todas partes. Vi a un hombre enterrado en ceniza hasta la cintura, había muerto quemado".

Edwin y su familia quieren regresar a su casa en El Rodeo y él ha vuelto para ver si está bien. La casa no ha sufrido daños, pero la fuente de agua de El Rodeo, más arriba en la montaña cerca de Los Lotes, fue destruida y el alcalde no quiere que nadie viva allí porque el área ha sido designada como de alto riesgo. Si llueve mucho, las áreas que están cubiertas en flujo piroclástico –y todos los árboles y escombros que están a su paso– podrían caer sobre el pueblo o bloquear la carretera. A esto se le conoce como un lahar.

Edwin dice que están agradecidos a la escuela Lincoln, y particularmente a la directora, Irma Yolanda Harrarte de Dabón, por ayudarlos. "Ella es una persona maravillosa", dice.

Irma dice que no sabe con certeza cuánto tiempo permanecerán las familias en la escuela, pero que está segura de que recibirán el apoyo que necesiten durante el tiempo que sea necesario.

"Guatemala es más fuerte que cualquier volcán", dice ella.

La evacuación de La Trinidad

De regreso en la ladera sur del Volcán de Fuego, Gilberto Camposeco se refiere a la reciente erupción del volcán como "la tragedia". Parece un eufemismo, pero él sabe bien lo que significa este término: su comunidad se compone en gran parte de familias de la etnia maya que hablan la lengua popti, previamente desplazadas por la guerra civil de Guatemala. Huyeron de su hogar en el altiplano occidental en la década de 1980, perseguidos por militares que secuestraron, torturaron y asesinaron a personas de su pueblo, Buena Vista, en el municipio de Santa Ana Huista.

Gilberto Camposeco camina mientras explica la historia de su comunidad, ahora conocida como La Trinidad, y cómo tuvieron que huir del ejército a México durante la guerra de 1982.

Hay un mural que representa la historia de su comunidad en la pared lateral de un edificio, junto a un letrero que dice "Nuestra Historia". Gilberto señala secciones del mural para explicar lo que sucedió durante aquellos años. Una de estas secciones muestra helicópteros sobre su aldea, fuego que asciende hacia el cielo, soldados armados y cadáveres.

"Nos hicieron abandonar nuestros hogares; el ejército mató a nuestros animales y quemó nuestras casas", dijo. "Nos escondimos en las montañas, y el ejército nos buscó. Nos disparaban como si fuéramos venados. Algunos de nosotros sobrevivimos y huimos hacia México, cruzando el río. Yo no era más que un niño".

Vivieron en México durante 18 años y cuando fueron repatriados en 1998, el Gobierno instaló a los sobrevivientes en esta área vulnerable en las laderas del Volcán de Fuego. Bautizaron al lugar "15 de Octubre La Trinidad", por la fecha en que llegaron allí. Gilberto y sus vecinos construyeron una próspera cooperativa de café a partir de la nada.

Pero ahora, el futuro de la comunidad no está claro.  "El ejército llegará aquí en dos horas para evacuarnos", dice Gilberto.

"Todo lo que hemos construido aquí se está terminando", dice, visiblemente aturdido y agotado. "Tenemos que comenzar de nuevo".

Amenaza de deslizamientos de tierra

La Trinidad siempre ha estado ubicada en un lugar riesgoso, tan cerca de un volcán activo. Pero desde que sobrevivió la erupción reciente y el flujo piroclástico resultante ha sido oficialmente designada como un área de alto riesgo. Es probable que las fuertes lluvias de verano desencadenen lahares. Las áreas de material volcánico inestable que podría producir lahares se encuentran justo pendiente arriba en dos lados de La Trinidad.

En este día despejado, el vapor se eleva desde la pendiente noreste del Volcán de Fuego, así como desde su caldera, azotado por el viento. En este momento, la mayoría de las aproximadamente 250 familias que llaman hogar a La Trinidad ya están en algún otro lugar, incluida la esposa de Gilberto y sus tres hijos. Pero todavía quedan alrededor de 24 familias en el pueblo, reacias a dejar sus hogares y posesiones sin protección. Se reúnen cerca de un gran ceibo cerca de la entrada del pueblo, un punto central de reunión frente a la modesta capilla.

Otilia García de 44 años, presidenta del comité de desarrollo comunitario de La Trinidad, dice que ella y otras personas han estado en contacto con el alcalde de Escuintla, quien está organizando un lugar donde se puedan alojar temporalmente las demás familias.

"Creo que tenemos que irnos de aquí; es demasiado peligroso", dice Otilia. "Construimos una vida digna aquí, pero tenemos hijos, y tenemos que llevarlos a un lugar más seguro".

El deseo de una mejor tierra

Gilberto regresa a su hogar por última vez. Pasa por una gran planta de procesamiento de café - larga y de tres pisos, con un patio para secar los granos y un almacén. La comunidad ha realizado importantes inversiones en las instalaciones de la cooperativa, dice. "Empezamos de la nada. Fue un gran esfuerzo".

Vive a la vuelta de la esquina en una casa de concreto de dos dormitorios con un jardín lateral rodeado de rosas y hortensias en flor. Un perro y un gato, mascotas de la familia, deambulan por el porche.

"Gracias a Dios no se perdieron vidas aquí; eso es lo que le digo a mi familia", dice Gilberto. "Pero vamos a luchar - construiremos otra casa, conseguiremos otros empleos". “Necesitamos vivir y tendremos que hacer lo que tengamos que hacer". Se esfuerza por pensar cómo funcionará esto. "Estamos luchando por encontrar otra granja, que sea justo como esta... Tal vez el Gobierno nos pueda dar mejores tierras. Ese es nuestro deseo".

Pobreza y vulnerabilidad

"Luego de regresar del exilio en México durante el conflicto interno, la gente de La Trinidad fue instalada, desgraciadamente, en un área de muy alto riesgo", dice Iván Aguilar, coordinador humanitario de Oxfam en Guatemala. "El Gobierno nunca debió instalarlos allí". Es un recordatorio, señala, de que los desastres afectan desproporcionadamente a las personas pobres, quienes viven con mayor frecuencia en lugares vulnerables.

La vulnerabilidad –en Guatemala y en muchos otros lugares– "está intrínsecamente relacionada con la condición de pobreza y desigualdad", dice Aguilar.

Oxfam en Guatemala y sus socios locales están instando al Gobierno a compensar a los habitantes de La Trinidad y a encontrar un lugar seguro en el que puedan vivir. Oxfam también está recomendando que el Gobierno brinde una respuesta rápida a todos los sobrevivientes de la erupción, que incluya una compensación, reubicación en áreas seguras y asistencia en la recuperación digna de las personas desaparecidas y fallecidas.

Aguilar dice que Oxfam tiene la intención de apoyar a los habitantes de La Trinidad. "Nos comprometemos a acompañar a los hombres y las mujeres de La Trinidad mientras trabajen con el Gobierno para encontrar un lugar nuevo y seguro para vivir y reconstruir sus vidas".

Dejar el hogar - una vez más

Famílias de la La Trinidad esperan se realojadas, Guatemala, agosto de 2018.La plaza del pueblo se llena lentamente de personas con las pocas pertenencias que pueden llevar. Un hombre se aleja de la carretera principal con una gran batea de plástico sobre la cabeza; en ella hay varios patos blancos, observando sospechosamente mientras los cargan en la parte trasera de una camioneta que se dirige a un mercado cercano. Unas cuantas camionetas llegan desde la carretera principal y de ellas bajan periodistas que comienzan a hablar con la gente, tomando fotos y grabando videos. Eventualmente llegan dos grandes camiones del ejército y cerca de una docena de soldados con rifles automáticos bajan de ellos y se ubican a lo largo de la calle y dentro de la puerta. Los líderes del pueblo, entre ellos Otilia García, Gilberto Camposeco y su hermano, Guadalupe, y varios otros, instalan sillas junto al ceibo y organizan una conferencia de prensa. Dicen que son las últimas familias. No quieren irse, pero entienden que están en un área peligrosa.

"Estamos perdiendo mucho, todo lo que construimos a lo largo de los últimos 19 años", dice Guadalupe Camposeco a los periodistas, recordándoles que los habitantes de La Trinidad son agricultores y que les gustaría establecerse finalmente en un área rural para que puedan trabajar en la agricultura. "No tenemos otras habilidades laborales".

La gente comienza a hacer fila para abordar los camiones, pasando por la puerta del pueblo y subiendo por una escalera inestable de madera a la parte trasera del primer camión. Los jóvenes soldados ayudan, pasando bolsas, paquetes, niñas y niños pequeños, incluso una jaula con un pajarito, y un perrito negro. Los adolescentes bromean. Gilberto supervisa el proceso, y luego de que el segundo camión ha sido cargado, salta en la parte trasera de una camioneta que lo espera y sigue a los camiones del ejército por la montaña, sobre el arroyo llamado Río Cañas, casi lleno de cenizas, rocas y árboles arrancados. 

Al llegar a la ciudad de Escuintla, los soldados ayudan a la gente a bajar del camión estacionado en el centro de la ciudad, pasando delicadamente a las niñas y los niños pequeños a sus madres. Los habitantes de La Trinidad caminan en fila por la acera, a través de una entrada angosta y un oscuro pasadizo hacia un gran gimnasio agobiantemente caliente, donde llenan un lado de las gradas. Los trabajadores humanitarios arreglan colchones y catres formando una cuadrícula en la cancha de básquet, y trabajan con Otilia, quien tiene una lista de los evacuados. Llaman a las familias por su nombre. Esas familias bajan al piso con sus pertenencias y acampan sobre un colchón.

Gervasio López, de 83 años, está esperando en las gradas y baja al piso cuando oye su nombre. Alguien lo lleva hacia un catre azul, se sienta y logra esbozar una débil sonrisa. Es uno de los sobrevivientes de la guerra, vivió casi dos décadas como refugiado en México, reconstruyó su vida en La Trinidad y ahora esto. "Bueno, estaré a gusto aquí porque necesito estar aquí", dice con aire de resignación.

Gilberto ayuda a algunas familias a llevar sus cosas al gimnasio. Su próxima tarea es hacer una lista de todos los miembros de la comunidad de La Trinidad y su ubicación para que puedan mantener a todos organizados. Se ha vuelto un hábito mantener a la comunidad organizada y un medio esencial para guiarla hacia la siguiente etapa de su historia.

"Comenzamos de la nada; fue un gran esfuerzo", dice de La Trinidad. "Tenemos que construir otra comunidad".

"Eso es todo".

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